Hay un fenómeno curioso estudiado por la neurociencia social: cuando sentimos que “los nuestros” ganan, el cerebro activa los mismos circuitos de recompensa que se encienden con los logros personales. Dopamina, oxitocina, sensación de pertenencia. Da igual que no entendamos de fútbol, de tenis o de cine de autor. Durante unos minutos, el cerebro deja de analizar y simplemente se suma a la tribu.
Eso fue exactamente lo que me pasó el sábado viendo la ceremonia de clausura del Festival de Cannes desde el sofá de mi casa, de repente enfocaron al elenco completo de La bola negra sentado en las butacas del Grand Théâtre Lumière. Los Javis, actores, equipo. Todos juntos.
Y ahí ya me incorporé en el sofá. Porque si conoces mínimamente cómo funcionan los festivales, sabes que eso significa que hay premio. No sabes exactamente cuál, de hecho, ellos tampoco sabían concretamente qué iban a ganar. Pero sí sabían que algo importante estaba pasando. Y cuanto más avanzaba la gala, más nervios había.
Porque en Cannes todos los premios importan, claro. Pero los grandes, los que cambian carreras y colocan nombres dentro de la historia del cine. Y ocurrió: Javier Calvo y Javier Ambrossi acababan de ganar el premio a mejor dirección en la 79 edición del Festival de Cannes por “La bola negra”, ex aequo con Pawel Pawlikowski por Fatherland. El mismo premio que consiguió Pedro Almodóvar por Todo sobre mi madre en 1999 y que antes solo había logrado Luis Buñuel con Los olvidados en 1950.
Y yo estaba literalmente con la boca abierta, sentí una mezcla rarísima de orgullo, sorpresa y desconcierto. Pensé de verdad: “pero… ¿qué me he perdido?”, me explico, no es la trayectoria clásica del cine de autor europeo. No venían del circuito tradicional de festivales. No eran, al menos por ahora, los nombres que uno esperaba ver compartiendo palmarés con Buñuel o Almodóvar.
Y ahí está precisamente lo fascinante. Porque Cannes no es cualquier festival. Cannes es el festival de los festivales. El más prestigioso del mundo. El lugar donde el cine lleva décadas decidiendo qué entra en la historia y qué se queda fuera. Allí no solo se presentan películas; allí se reparte prestigio cultural, legitimidad, industria, poder y futuro.
Javier Ambrossi, licenciado en Periodismo y Dramaturgia por la RESAD. Javier Calvo, que empezó Comunicación Audiovisual aunque acabó orientando su carrera hacia la interpretación y la escritura. Teatro, televisión, entretenimiento, cultura pop, producción. Series como Física o Química, El Comisario, jurado de Mask Singer, profesores de interpretación en Operación Triunfo, una productora propia —Suma Content— para levantar proyectos propios y ajenos.
En 2013 llegó “La llamada”, primero obra de teatro y después (2017) película. Luego vinieron Paquita Salas, La Veneno, La Mesías, … y ahora Cannes.
Y es que el cine también tiene algoritmo.
Porque Cannes, aunque nos guste romantizarlo, también es estructura. Un ecosistema gigantesco donde alrededor del cine orbitan plataformas, distribuidoras, patrocinadores, marcas de lujo, fotógrafos, alfombras rojas, fiestas imposibles y millones de euros. A veces una tiene la sensación de que la película compite no solo contra otras películas, sino contra narrativas, modas, corrientes culturales y equilibrios de poder.
No es casualidad que muchos críticos sigan pensando que las mejores películas de directores como Mungiu o Zvyagintsev las hicieron hace más de veinte años. Ni que la distribuidora NEON acumule ya siete Palmas de Oro consecutivas, incluida este año con “Fjord”. Hay datos que, más que respuestas, abren preguntas, pero este melón…. ya lo abriremos otro día.
Mi hijo, que estudia cine, muchas veces me comenta la sensación de que gran parte de la industria tiende a ir hacia lo que ya sabe que funciona. Y es lógico: el cine cuesta dinero, las plataformas necesitan audiencia y nadie quiere fracasar. El sistema se protege a sí mismo. Por eso desconcierta tanto cuando algo inesperado atraviesa el muro.
Y en medio de toda esa maquinaria aparece La bola negra: una reinterpretación imaginada de unas páginas inconclusas de Lorca sobre un joven expulsado de un casino por su homosexualidad. Un texto sobre lo reprimido, lo silenciado, lo que no encontraba lugar dentro de la estructura de su tiempo.
Nietzsche decía que “sin caos interior no puede nacer una estrella danzante”. Y quizá eso fue lo verdaderamente emocionante del sábado: la sensación de que, durante unos minutos, el algoritmo perdió el control, que algo imprevisible ocurrió en el lugar más estructurado del cine mundial.
Y quizá por eso media España, incluso la que no sabe nada de cine, sintió que estaba viendo algo histórico. Hubo un momento colectivo de “Goooool”. Bueno… no exactamente, que el Mundial todavía no ha empezado. Pero por unos minutos Cannes se vivió en muchos salones como una final en el minuto 90.