Te cruzas con alguien.
Te pregunta “¿qué tal?”
y contestas “bien” casi por reflejo, como cuando frenas en un stop aunque no venga nadie.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿Cuánta gente sabe de ti… y cuánta te conoce de verdad?
La vida social en sitios pequeños es como vivir en un escaparate:
mucha luz, mucha visibilidad… pero el cristal sigue ahí.
Aquí nos conocemos todos:
• Sabemos quién se ha separado
• Quién ha vuelto a casa de sus padres
• Quién está “raro últimamente”
• Quién “antes no era así”
Lo que no siempre sabemos —o no nos atrevemos— es preguntar:
“¿Cómo estás de verdad?”
Porque eso implica escuchar una respuesta que no se puede arreglar con un café rápido.
Y claro, mejor hablar del tiempo o del precio de la verdura.
Mucho más seguro emocionalmente. Menos riesgo de que alguien se emocione. Dios nos libre.
Desde el coaching veo esto a diario: personas muy integradas socialmente, pero desconectadas emocionalmente. Personas que pertenecen… pero no se sienten vistas.
Según datos recientes, más del 25 % de las personas adultas afirma sentirse sola, incluso teniendo relaciones sociales frecuentes.
Quizá la pregunta no sea cuánta gente hay a nuestro alrededor, sino con cuántas personas podemos bajar la guardia.
Y esa, en Tudela, en la Ribera o en una gran ciudad, sigue siendo una asignatura pendiente.
Como decía Hannah Arendt, Filosofa alemana
La soledad no es estar solo,
es no ser comprendido.
Y eso, hoy, sigue siendo lo más común.