La anestesia de seguir informados

Este domingo vi la entrevista de Jordi Évole con Alejandro Sanz y hubo una idea que se me quedó pegada al pecho. Alejandro venía a decir algo así como que cada mañana, al despertar, agradece seguir aquí, seguir en el mundo.

Y la explicación tenía ese punto de humor negro que, si lo piensas bien, da más miedo que risa: porque basta con que “alguien” con demasiado poder se levante torcido, con mal café, mala noche o mal ego, pulse un botón —metafórico o no tan metafórico— y de repente todos nuestros planes para mañana quedan… en segundo plano. Porque vivimos como si todo estuviera bajo control, como si el suelo fuera firme, como si mañana estuviera garantizado… Pero no, solo hay que mirar un poco hacia fuera.

El estrecho de Ormuz —ese nombre que a muchos nos suena del telediario, de fondo mientras cenas— lleva semanas tensionando al mundo. Por ahí pasa cerca de una quinta parte del petróleo global y, cuando se bloquea o tiembla, tiembla medio planeta: sube la energía, se encarece la vida, se aprietan economías enteras y volvemos a recordar algo incómodo: que muchas veces nuestra tranquilidad cotidiana depende de decisiones que se toman a miles de kilómetros, por personas a las que jamás veremos. 

Y ahí aparece esa sensación, la misma que muchos conocemos: La de inseguridad ante la injusticia, la de intuir que el mundo, a veces, se parece demasiado a una partida de ajedrez jugada por unos pocos mientras el resto intentamos no caernos del tablero.

Hay una frase de la filósofa Hannah Arendt que siempre me golpea: “El problema no es que haya maldad en el mundo; el problema es cuando la gente se acostumbra a ella.”

Y yo os pregunto, Tudela, Ribera: ¿estamos hechos para soportar tanta información o simplemente estamos aprendiendo a no sentirla?
Porque cada día entran guerras, muertes y dolor por la pantalla de casa… y al día siguiente la vida sigue, como si nada.

Y quizá ahí esté la pregunta de fondo: ¿seguir adelante es fortaleza o es anestesia? 

Y quizá aquí está la gran contradicción de nuestra época: nunca habíamos tenido tanta información y nunca habíamos tenido tan poco control. Sabemos lo que pasa en el estrecho de Ormuz en tiempo real, sabemos qué ha dicho Trump, sabemos cómo se tensan Oriente Medio y medio mundo… Pero saber no siempre significa poder hacer algo. Y eso desgasta.

Este sábado, en las Fiestas de la Verdura, mientras comía en un restaurante de Tudela, rodeado de espárragos espectaculares, alcachofas de esas que te reconcilian con la huerta y un vino que ayudaba a arreglar el mundo, miraba alrededor y había algo curioso: En casi todas las mesas se hablaba de política: Kitchen, Ábalos, Koldo, Trump y compañía

Y pensé algo casi cómico: qué fascinante es el ser humano. El planeta al borde de incendiarse, por un lado, la corrupción hirviendo por otro, y nosotros debatiéndolo entre un buen plato y pan para mojar. Y quizá ahí está la paradoja, porque la impotencia moderna no viene de la ignorancia. Viene de enterarte de todo y no poder mover casi nada.

Y quizá la pregunta importante no es si el mundo va a ponerse peor. Quizá la pregunta es otra: ¿Cuánto de nuestra paz estamos entregando a cosas que no podemos controlar?

Porque ahí está la trampa. Nos preocupamos por lo que hacen arriba, mientras abajo se nos escapa la vida y eso… también es perder.

Así que sí. Mañana, cuando te levantes, querido lector, agradécelo, no como frase bonitasino como acto de conciencia. Porque seguir aquí ya es mucho. Vivir de verdad, con criterio, con presencia y sin regalar tu calma a cada incendio ajeno… eso ya es otra cosa.

Y tal vez el verdadero lujo de esta época no sea tener más.

Tal vez sea conservar la cabeza en un mundo que parece haber perdido la suya.