Opinión

Nuestro verano

¿Lo recuerdas? Fue no hace mucho tiempo atrás, cuando los eternos veranos comenzaban con la chocolatada de la víspera de San Juan y terminaban cuando la “capoladora”, sutil herramienta, otorgaba felicidad en forma de tarros de tomate embotado.

Aquellas mañanas de academia y piscina, tardes a la sombra, jornadas de pesca en el Ebro y noches de pipas, pitillo e historietas a la luz de la luna. De paseos interminables por las calles del barrio o del pueblo, de primeros amores que marchitaban con la manga larga de septiembre y de amistades estivales que regresaban a un hogar a cientos de kilómetros.

Las semanas de “peonada”, echando planta, clara o espesa, a la fresca del alba, entre matas, humedad de bandejas, picarazas, mosquitos al ataque y sol de justicia al término. De agua de tajadera y de botella helada en el congelador. Y los fines de semana de bicicleta, toalla, petate, cassette y refresco.

Disfrutando en las fiestas populares, corriendo en La Revoltosa, botando a ritmo de rock o punk en plena calle, poteando en la txozna, bailando con aire de jota, arin, mazurka… o agarrados en la verbena entre tablado y carpa. Disfrutando los fuegos, el bocata nocturno, la gaupasa y el desaparecido autostop. Llevarte en la Mobylette, las gafas de sol y la camisa de lino remangada en el vermut alternativo a la misa de doce.

Las brasas, el frescor del “pipero” en el almacén de antaño y la siesta dominguera en el patio.

Era nuestro verano. ¿Repetimos?