Plaza Nueva

  • Diario Digital | viernes, 14 de agosto de 2020
  • Actualizado 16:10

¿Economías inmateriales y revolucionarias o apaños pagados por todos?

¿Economías inmateriales y revolucionarias o apaños pagados por todos?

Tras el colapso de los mercados financieros en 2008 se confió a los mejores tecnólogos del orbe el trazar un camino de recuperación y refundación del capitalismo (Merkel y Sarkozy). Se gestó el Informe Smart 2020 a finales del año 2008 con la meta puesta en este año que vivimos y del que tanto nos vamos a acordar. Hoy con la propuesta de la UE y el Gobierno de España se repite la historia. Esta vez el eslogan lo ha popularizado nuestro presidente Pedro Sánchez: una economía “verde, digital e inclusiva”. La UE presiona y gratifica con el mayor montante de su historia el transitar por esta senda (más de 750.000 millones de euros en la primera partida). Ahora bien, hay que demostrarlo.

En 2008, Smart 2020 trazaba un camino "revolucionario" (como hoy) prometiendo un reajuste de la economía gracias al universo digital (entonces hablábamos de las tecnologías de la información, TIC). Los directivos de las universidades fuimos a reuniones, acudimos a presentaciones oficiales, todo supondría un ahorro y una gran optimización de procesos y recursos que en 2020 ya estarían implantados, incluso con una no despreciable reducción del 20% en los gases de efecto invernadero. Era el efecto 2020. Todo lo malo se disminuía en un 20% y todo lo bueno se incrementaría en la misma proporción. El milagro: la Santísima Eficiencia.

Para este año en que ya vivimos, los objetivos de reducción del 20% de todo lo “chungo”, sin tocar el PIB, era la gran revolución porque implicaba la desmaterialización de los procesos industriales y por tanto, económicos. El desacoplamiento de la economía del consumo de energía y minerales era la estrella. Pero ya estamos en 2020 y las previsiones de caída del PIB, según distintos estamentos como el BE, el BS, el FMI o Bruselas, auguran valores que van del 10% al 25% de caída. Algo no salió demasiado bien.

El sector de las TIC desde entonces evolucionó muy rápido y necesitó de nuevas inversiones, pero sobre todo se acompañó impulsando fuertes cambios en los hábitos del consumidor a través de una de sus criaturas, el sector publicitario. Entonces, en este ambiente de tan vertiginosas mutaciones informáticas y sociales, el honor de la edición española del Informe Smart 2020 recayó, ¡cómo no!, en Telefónica. También su promoción.

Las promesas de siempre y el empleo como chantaje

En 2008 Telefónica —como la mayoría de las grandes corporaciones— había reducido sus beneficios; en total cerca de un 15%. Telefónica recibió las suficientes subvenciones y facilidades (a veces acabaron en los tribunales por fraudulentas) para llevar a cabo esas inversiones con dinero público que rediseñasen la nueva era de la economía digital y de la comunicación: "Más de 150.000 empleos por año en los próximos diez años”, explicaba José Manuel Morán, porque “las nuevas aplicaciones de las TIC avanzadas las situarán en el centro de la solución de la Cumbre de Copenhague”. Se refería a la "Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2009" que al igual que todas las demás no sirvió prácticamente para acordar nada. 

Sin embargo, aquel batacazo de los mercados no pudo ser frenado por la evolución de las TIC, durante los siguientes meses y años generó el tsunami de quiebras, recesión y pobreza que vivimos la ciudadanía de occidente. Con ello como excusa, vino el rescate por parte de los más vulnerables al sistema financiero global, a sus bancos, a sus grandes empresas privadas cotizadas en bolsa, los recortes y la pérdida de servicios comunitarios, una historia de mucho trabajo y sacrificios. Se hablaba de los mileuristas con compasión. Programas de televisión se metían en las casas de los mileuristas para proyectar un mundo de penurias económicas, solidaridad, caridad...

Tras el rescate se agudizó la planificada y prevista pérdida de clase media con toda su injusta exclusión. Los sucesivos gobiernos españoles nos anunciaban unas veces que ya había brotes verdes, otras que se veía luz al final del túnel, que habíamos entrado en la senda del crecimiento o que íbamos en la buena dirección…

Y entonces llegó 2020

Y llegamos a la meta; y vemos que nada de todo aquello llegó a suceder. Muy al contrario, las emisiones de CO2 no disminuyeron, se incrementaron en más del 15%. Las concentraciones globales tampoco, se incrementaron en más del 10%. Mayo de 2020 ha registrado la mayor concentración conocida por el homo sapiens de CO2, con 418 ppm (hace unos cinco millones de años que los registros geológicos no muestran estas cifras, homo sapiens no existía entonces) a pesar del parón económico y de la pandemia de COVID-19, es también el mes más caluroso de la serie medida desde 1850 con 1,3ºC por encima de la media preindustrial.

Todos buscan un culpable. El sector del transporte siempre ha sido el que más reproches ha acumulado debido a su altísimo impacto. En aquel accidentado 2008 era un sector de los que ofrecía mayores oportunidades de eficiencia energética relacionadas con las TIC. El estudio planteaba que, con el incremento de la eficiencia en actividades de almacenamiento, transporte, logística, se podían generar ahorros de combustible y electricidad de hasta 1,52 gigatoneladas equivalentes de CO2 con una reducción en costes de hasta 280.000 millones de euros y hasta una cuarta parte del ahorro total.

Durante los años del inicio del siglo XXI vivimos un importante crecimiento económico apuntalado por la quema de ingentes cantidades de combustibles fósiles, hasta que la componente geológica y toda la cadena económica que de ella depende falló en 2008. Desde 2018 y sobre todo en 2019, los efectos del cambio climático y las advertencias dadas por la comunidad científica y la movilización de la sociedad civil, nos llevaron a que la mayoría de las naciones, los estados, gobiernos, ayuntamientos, departamentos, etc., declarasen la “emergencia climática” en sus territorios y articulasen políticas fiscales de abandono progresivo de la quema de combustibles fósiles y de la penalización fiscal a través de la mercantilización de las emisiones de CO2.

Durante la pandemia de COVID-19 que aún vivimos, muchas de las reuniones de los directivos de las grandes empresas ya no son presenciales, no se suben a aviones ni trenes de alta velocidad para decidir el futuro de sus sectores, lo hacen por video-reunión. Al mismo tiempo nuestros hijos han recibido o están en sus clases recibiendo seguimiento por vídeo interactivo, los abuelos han mantenido un cierto contacto humano de esa manera para garantizar su salud. Los vecinos han decidido a través de zoom o wasap sobre cómo gestionar sus comunidades. El heroico y aplaudido personal sanitario, por ejemplo, de Madrid, gestionó la pandemia como pudo desde grupos de wasap, sus canales de gestión habían sido desmantelados. Las noticias y la actualidad siguen provocando largos debates de especialistas, universidades, foros, másteres, doctorados no presenciales, todos los días desde diferentes plataformas digitales como Zoom, desde cualquier lugar del planeta. Durante la pandemia proliferaron también los motores inteligentes grandes aprovechados de las TIC, el comercio electrónico, el dron, el software de orientación geográfica en el transporte redujo costes, los alimentos a la puerta de casa, los balconazis… 

La cruda realidad

Esto que ha conseguido un virus se podía conseguir —según el Informe Smart 2020— a través de la implementación de sistemas de control de distancias, consumos de combustible, planificación de rutas, gestión estadística del tráfico, automatización de flotas, etc., pero no fue así. El sector de las TIC es responsable del 3% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, que es más o menos lo que predijo aquel informe sobre cómo sería el presente 2020. Pero su consumo de electricidad es ya del 10% mundial, casi el 9% es una conversión de energía fósil no renovable. Además, en los otros sectores no ha sucedido absolutamente nada. Aunque la tecnología digital se ha extendido ampliamente entre sus itinerarios productivos y los procesos se han optimizado con las cadenas de montaje y suministro, las emisiones de todos los sectores continuaron en aumento hasta marzo de 2020, cuando debido a la pandemia de COVID-19 se frenaron de golpe. Las cadenas de transporte fueron diezmadas por la pandemia. Los cortes de suministro en algunos casos alcanzaron el 100% dejando manifiesto que el mundo no debería dar por sentado el suministro seguro a medio-largo plazo de ninguna mercancía. El último informe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) órgano de la OCDE insiste en este detalle: World Energy Investment 2020.

Si España mantuvo ciertos niveles de presencia como una economía destacable a nivel internacional no fue debido a nada “verde, digital e inclusivo”, fue debido al flujo de riqueza que se derivó desde las capas más pobres de la población hacia las élites que sacaban pecho en las bolsas internacionales, por eso los crecientes índices de desigualdad y de externalización apuntalaron un crecimiento del PIB que favorece a unos pocos. El número de multimillonarios creció un 60% en España entre 2008 y 2018. Los movimientos del 15M, la apuesta del Estado por la fuerza y la Ley Mordaza, vinieron con la eclosión de nuevas visiones en la política que absorbieran esa energía para ser disipada, cumpliendo así la segunda ley de la termodinámica.

A nadie que mire ya por el retrovisor de la historia con cierto sentido crítico, se le escapa que poco o nada salió bien para todos, quizás sí para unos pocos. Ya nadie habla de los mileuristas, buena parte de la juventud española (y la no tan juventud) daría algo por serlo. La corrupción y las puertas giratorias se han normalizado tanto que ni siquiera son noticia. Probablemente nunca se entendió en un país con tan poca divulgación científica entendible e independiente, que en la medida que se apuesta por la prosperidad de las comunidades y la igualdad, se apuntala la prosperidad individual. No al revés.

Cuidado con repetir la chapuza de la historia digital, porque en el mundo en que vivimos, nos movemos, comemos, transitamos no podemos dar saltos del gramo a la gigatonelada o del vatio al teravatio, tal y como hacemos en una computadora con un clic del byte al terabyte. Señoras y señores líderes, escuchen a la ciencia independiente, “ya no está el horno pa’bollos”.