Todo sigue igual

Es preocupante la sensibilidad que genera lo que, en la Ribera Navarra, estamos sufriendo desde las vacunaciones contra la COVID-19. Es de imaginar que en el resto de España será igual, pero da mucho que pensar que, ante esta oleada de muertes, nadie diga nada ni haga nada.

Todos sabemos que nacemos para algún día morir; es una parte insalvable de esta nuestra vida como humanos. Ese paso, doloroso e incomprensible para quienes lo sufren, se ha tornado angustioso e, incluso, inaceptable desde la pandemia hasta ahora. Los artículos de profesionales del sector que remarcan un incremento del 30 % en la mortalidad desde entonces, dan mucho que pensar.

Estamos viendo todos los días, en la Ribera, casos de fallecimientos de personas jóvenes por cáncer, ictus o trombos, algo que antes se daba a niveles muy bajos en comparación con los actuales. ¿Para cuándo las responsabilidades, si las hay o debe haberlas? En nombre de la vida, no se puede usar la muerte; y si así ha sido, debe haber responsabilidades civiles y penales.

Parece que estamos ante un silencio programado, algo que —bajo nuestra ignorancia— aceptamos, pero que no debería ser así. Las autopsias actuales, con los medios de exploración y análisis post mortem disponibles, están silenciadas ante algo que necesitamos conocer.

¿Las vacunas que nos inocularon tienen que ver con el aumento de fallecimientos? Es así de simple. Y si la respuesta es afirmativa, ¿por qué? ¿Cuáles son las responsabilidades de aquellas compañías que las fabricaron y de los organismos que permitieron esas inoculaciones?

Lo que nos queda es la triste y dañina experiencia del impresionante aumento de muertes de familiares y amigos jóvenes por infartos, cánceres de todo tipo, ictus y enfermedades con secuelas nunca vistas. La sociedad pide investigación y justicia para saber qué se nos inoculó y cuáles pueden ser, a largo plazo, sus efectos colaterales.