Leyendo el artículo de Don Jaime Ignacio, publicado recientemente, acerca de la “relación-responsabilidad” entre política, políticos y gobernantes, me gustaría —si cabe— añadir a esa opinión, basada no solo en la experiencia sino también en el conocimiento, algo que a menudo se pasa por alto y que es muy importante tener en cuenta.
La política, desde luego, como herramienta de crecimiento social desde tiempos remotos, lleva aparejados conceptos muy mundanos y, a veces, viles, como el poder, la corrupción y otros. Los políticos, por su parte, son de estirpe variopinta, y así se definen a lo largo de sus trayectorias: unos no lo son y lo serán, otros lo fueron y ya no lo son, y otros aprenden a serlo en el camino. Todas ellas son evoluciones y condiciones propias del ser humano.
Los gobernantes se definen como aquellos que fueron elegidos en unas u otras circunstancias para ejercer el gobierno. En una vinculación directa —la mayoría de las veces, sobre todo en gobiernos locales o autonómicos— estos “gobernantes” poco tienen que ver con la política o con los políticos. Esto, que en la realidad suena extraño, se debe a que es en el ámbito administrativo donde se hace la mayor parte de la política del día a día, y esta es impuesta por el funcionariado.
Las líneas políticas las ofrecen los políticos en campaña, pero lo que se impone al final es lo que el funcionario manda o determina, ya que sus puestos perduran en el tiempo, impasibles ante siglas o legislaturas. Tanto es así que los políticos no tienen fuerza suficiente para cambiar departamentos o líneas enquistadas, como ocurre con el área de Medio Ambiente en Navarra.
La política es la esencia, los políticos son la voz, y los gobernantes —o aquellos que finalmente nos gobiernan— son los funcionarios que lideran los diferentes departamentos.