Corría el viento al pasar por los ojos del puente, como si quisiera decir algo en medio de la noche cerrada. Un puente que sirvió como defensa de aquellos maltrechos hombres, desgastados por la hambruna y las enfermedades. Eran valientes y, ante el hecho de no esperar nada, se tenían a ellos mismos, y esa confianza de grupo les hacía ser efectivos en la batalla.
Un asedio a la ciudad a través del puente era inminente y, como si de antemano conocieran su suerte, estaban preparados para hacer frente a sus enemigos. Noche fría, de las que presagian afrenta; corazones encogidos en busca de la valentía, esa valentía que los llevara al éxito en la batalla. Un grupo de soldados, no más de 25, contra una ofensiva de cientos de enemigos.
Mañana será 1 de noviembre de 1845, festividad de Todos los Santos o Día de Difuntos, fiesta muy adentro de las vidas de estos riberos. Han sido años de penurias, años de pesadumbre, y como martillo en fragua golpean en sus mentes las escenas de sufrimiento pasado.
De este escuadrón que defiende el paso a esta cabeza de comarca con influencias mozárabes, líder es Angelillo, el “Canas”, hombre de ciertos rasgos característicos de señores de alcurnia, pero nada más lejos de la realidad: no hay protocolos ni galones, solo líder y compañeros, todos unidos por un vínculo más fuerte que la propia sangre: la supervivencia.
La empalizada que defiende el lado del puente en el que prestan guardia este grupo de jóvenes soldados está hecha por vasijas viejas de vino, forradas de cañas y algún mueble viejo. Son resistencia del más fiero “no pasarán”.
En el otro lado del puente, fuertemente armados, los enemigos esperan la señal de ataque de sus jefes. Los navarros saben que poco o nada tienen que hacer con unas pistolas y rifles contra esas ametralladoras, pero no dudarán en entregar su vida en el combate.
Los enemigos, bien uniformados, con botas altas y brillo en los galones; los navarros, con alpargatas —algunas rotas—, camisas al pelo y frío en el vientre.
Un correo anuncia la proximidad del combate, ya que el asedio a la ciudad parece inminente. Las familias de los navarros están cerca de ellos: “somos de aquí”, moriremos cerca de nuestra casa defendiendo lo nuestro. Por la noche, algún vecino les acerca alimento, incluso café. Varios de ellos están casados y con hijos pequeños que juegan detrás de la empalizada.
El tiempo, bajo estas circunstancias, se ralentiza, y en la noche cualquier sonido o movimiento rompe la tranquilidad y sumerge a los bandos en una excitación necesaria para la contienda.
En el puente de arcos majestuosos, se concentran, a la escasa luz de la luna y algún candil que los bandos mantienen encendido —además de alguna hoguera—, miles de mariposas de noche, como actoras de la propia obra que se aproxima.
No es un puente largo, unos 100 metros, en los cuales se oyen las voces de mando de ambos ejércitos, por llamarlo de alguna manera.
Mañana es Todos los Santos, y el “Canas” comenta con sus camaradas lo bonito que sería disfrutar en paz de este día, en su ciudad, con sus amigos, en el bar La Ronda de Herrerías, donde cada uno aporta lo que tiene.
Las noticias del Estado Mayor llegan con cuentagotas y no se sabe cuándo llegará el fin de esta guerra, una guerra que no se entiende pero que toca vivir.
El “Canas”, por ser jefe, se permite el lujo de abandonar el puesto de defensa, dejando a sus camaradas al frente. Frecuenta el puesto de mando para recoger y procesar la información que le llega de otros frentes, pero a la vez se pregunta: ¿quién valora una acción de sacrificio de este calado? ¿O simplemente estaban en el sitio equivocado en el momento equivocado?
Ellos, sumidos en largos días, esperan un desenlace que se presume cercano.
Se oye una voz a lo lejos por un viejo megáfono. Viene del otro lado del puente: es el jefe del ejército que asedia, que llama al jefe de la resistencia a un encuentro.
El “Canas”, con expectación, consulta con sus compañeros si debe ir a reunirse con el jefe enemigo, pero su sentido común le impulsa a hacerlo, en la búsqueda de dar satisfacción a la curiosidad.
Los dos caminan al encuentro, solos, por el viejo puente, siendo vigilados con admiración y sorpresa por sus respectivos bandos. Portan sendas banderas blancas hechas con pañuelos, como si de pueblos sin habla se tratara.
Llegan uno frente al otro. Sus caras reflejan la noche más cerrada. El navarro recela de su contrario: es una sombra alargada, de gran porte, una sensación de invasión cercana, un silbido interior que anuncia las primeras palabras.
El “Canas” levanta la cabeza para mirar a su contendiente cuando la expresión de su cara cambia por completo. El rostro de aquel jefe enemigo resulta familiar para el navarro ante la exclamación: “Hermano”.
Una vez más, la crueldad de la guerra ha dividido a una familia, relegada a no tener noticias durante años, y se juntan en una situación comprometida para ambos.
Intentando mantener y reprimir los sentimientos delante de sus camaradas, juegan al despiste en una conversación única, solo escuchada por el viejo puente.
Una sensación de paz y calma ahora les invade, como si conocer quién es el contrario restara importancia a la situación.
Dadas las explicaciones de cómo y por qué de la separación de cada uno en un bando, proceden a dar una solución a esta situación, por lo menos paradójica.
El “Canas” le dice a su hermano: somos pocos, unos 25, y seguro poca resistencia podremos hacer contra vuestro ejército armado y numeroso, pero a buen seguro defenderemos la posición hasta el final.
Su hermano le responde, bajo un silencio sepulcral: no lucharé contra nadie hoy, ni contra mi familia, ni contra nadie de corazón puro y noble capaz de morir en víspera de Todos los Santos.
Se deben a sus camaradas, se deben a la causa, pero por encima de todo son hermanos y se quieren.
Tudela, la ciudad dormida, acuna sus palabras en la intención de resolver esto de la mejor manera.
José, hermano mayor del “Canas”, apodado el “Largo” por su gran estatura, adoctrinado en escuela de pago, valora la situación y declara, con intención pausada: puedo parar el asedio hasta que las campanas de la catedral toquen a misa el Día de Difuntos, como siempre.
El “Canas” asintió, dando tregua a sus sentimientos más profundos, bajo los cuales, con una mirada de admiración y tristeza, se despidió de su hermano, quedando claro el comienzo de la contienda.
El puente y el río fueron conocedores de la conversación entre los hermanos, ofreciendo su figura engalanada para la ocasión.
Ese día, en Tudela, se vivió de júbilo con extrañeza ante la palabra del jefe enemigo.
Una intensa lluvia comenzó a caer como si no hubiera un mañana; el caudal del río pronto creció como si fuera destinado a engullir el puente.
El puente, más débil debido a las corrientes en sus arcos centrales, pronto empezó a tambalearse, desmoronándose una franja del centro.
Los navarros vieron cómo su puente se abría para impedir un asalto sin sentido, inhumano.
Unos creyeron que fue cosa del Señor por ser Todos los Santos; otros, suerte. Lo cierto es que una brecha de 20 metros separó las dos empalizadas, incomunicando los bandos.
Después de una noche de torrencial lluvia, el puente ha caído para favorecer la resolución de la contienda.
El mando enemigo ve imposible iniciar un asedio a través del río, ya que el caudal y la falta de medios lo imposibilitan, por lo que deciden retirarse, quedando la ciudad aislada.
Aún se escuchan voces de un lado a otro del puente; aún los dos hermanos se volverán a reunir, uno a cada lado, como si un abismo en sus vidas fuera insalvable.
El deseo de ambos de volver a encontrarse es más fuerte que la propia contienda.
Han perdido mucho, igual que el resto de camaradas, pero la ilusión de afrontar el futuro juntos les hace precavidos.
José, en su despedida, desea suerte a su hermano “Canas” y le promete su intención de buscarle después de la guerra.
Por su parte, el “Canas” le desea suerte también, con el convencimiento extraño de que no lo volverá a ver.
Sus miradas son reflejo de su alma, de su vida separada por algo que desconocen.
Es la imagen de la esperanza, esa que nunca llevó al grupo de navarros a volar el puente, esa que busca en el interior de las personas las reacciones y estímulos que les hagan ser dignos de esa condición: humanos.