Opinión

Zapateado

Aunque soy viejo, a veces, cuando estoy cansado de tanta inmundicia que nos vamos enterando de nuestros políticos, necesito desasirme del techo bajo que aprisiona nuestras cabezas, y de ampliar el espacio limitado que abarco con los brazos y, como en un escapismo, me entran ganas de bailar un ¡zapateado!.

Para su tranquilidad e información, no es un problema de demencia senil ni de que me acabo de tomar unos vinos. Más bien de que estoy “hasta allá”, y necesito liberar tensión. Los viejos también tenemos derecho a salirnos de esa pose un tanto descangallada y de comportamiento serio y aburrido que al parecer nos toca representar.

¡Pero no sé bailar un zapateado! Yo sólo ser bailar “agarrao”, como se bailaba en mi juventud. Los de mi generación somos tímidos y un poco patosos en ese tipo de bailes. Pero…no importa; si comienzo por “no sé”, ya he abortado la locura. 

En un escorzo imaginario dirijo la mirada hacia atrás, como con despecho, hacia el suelo, a los tacones que tratan de taladrar pisadas de ritmos ancestrales. Gestos de loco siguiendo no se sabe qué impulsos nacidos de la ignorancia, de la necesidad de mostrar que existo, que me desato de lo cotidiano, de lo correcto, y me dejo llevar por un halo de libertad.

Cada taconeo es una protesta y cada sensación de revivir la melodía un “cabreo” que, aunque lo disperse en el zapateado me sale del alma, o como se llame eso que llevamos dentro que nos hace sufrir o gozar la conciencia.  

En este momento es cabreo porque vivimos una democracia manipulada por verdaderos delincuentes manejando las leyes y chanchullos fabricados o moldeados a sus antojos, pero que van revestidos con el disfraz de honradez y de supremacismo moral.

Respiro más liviano, jaleo mi conciencia y, en esa soledad despendolada de sensaciones motores de osadía, de locura, me dejo arrastrar hasta la fatiga inerme que me deja extasiado de impulsos supremos, que escapan por los ojos, colorean mis mejillas, y ablandan mi conciencia.

Lo repito y, cada vez me siento más libre, inundado de locura excelsa, flotando en el vacío de la felicidad ilusa; los brazos extendidos, las palmas de las manos palpando sensaciones que están ahí, en el mundo, en el aire, en el cosmos y, que de tanto razonar, de estar tapadas por las nubes de lo lógico, de lo correcto, hemos olvidado o nunca hemos aprendido la capacidad de sentirlas.

Es un ejercicio terapéutico para saber que existo, para liberarme de seguir en el limbo; liberarme, y asentarme en ese otro yo que, por fortuna, aunque viejo, aún no lo tengo adormecido ni subyugado por este mundo dominado por poderes en estas democracias manipuladas y corruptas que hoy nos toca vivir.

Los que vivimos la dictadura, al llegar la democracia pensamos ilusos y convencidos que habíamos llegado a una situación de justicia social, de comportamientos éticos de los poderes controlados por los organismos garantes de nuestra democracia recién estrenada. Ha sobrado menos de una vida, para que estemos inmersos en democracias manipuladas, probablemente corruptas, para beneficio de quien les interesa, incluso para manipulación de los organismos que las controlan. Los poderosos medios de comunicación, prensa, pero sobre todo televisiones, dependen de los poderes políticos y económicos que los sustentan y los manejan. 

Y algo más grave, lo hacen de forma grosera, a las claras, desde sus púlpitos. Son tan avariciosos, tan inmorales y tan torpes, que nos llevarán a algún desastre, pero no les importa porque ellos saldrán ilesos e incluso fortalecidos.

Entonces entonaremos zapateados de rabia por no haber reaccionado a tiempo.

La política lleva la corrupción en la sangre, quiero decir el riesgo de ejercerla.

Emilio Lledó, en su libro "Elogio de la infelicidad", cita a Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) y unas frases de sus escritos referente a este tema: "la mayoría de los hombres políticos no merecen ser llamados así, pues no son de verdad políticos, ya que el político es el que elije obrar noble y generosamente, mientras que la mayor parte de los hombres abrazan esta vida por dinero y codicia". (Ética Eudemia, 1216ª 23-27). Parece ser que la corrupción es consustancial al poder si no hay controles rigurosos. Ya lo denunciaba Aristóteles en la Grecia clásica.