Opinión

Tufillo

Hay personas que trasmiten un tufillo un tanto paternalista, y más frecuentemente supremacista sobre los que no opinan como ellos. Algunos y algunas son personas que, a primera vista, se las supone ponderadas en sus juicios, además de informadas. Aunque también es cierto que, no pocos que se les supone informados, incluso con estudios, son analfabetos funcionales en valores y en análisis de la sociedad en la que viven. Siguen anclados en cuatro verdades que les sirven para todo, unos por inconsciencia, otros por falta de responsabilidad social, y no pocos acomodaticios por conveniencia porque están encadenados a su pasado, y algunos porque esperan ser partícipes de algún segmento del poder actual.  

La lealtad debe ser a ideas y a valores, por compromiso social como miembros de la sociedad que nos ha tocado vivir. Creo que los ciudadanos en cualquier momento histórico debemos implicarnos, primero en que el sistema sea democrático y libre en ideas, costumbres, credos, con la obligación de respeto a los demás, y, además, defender la libertad para todos.

También, y, como muy importante, defender la igualdad de derechos y obligaciones. Por el hecho de nacer, tener derecho, potenciar, e incluso sufragar a las personas que tengan capacidades especiales que vayan a revertir en la sociedad, y asegurar lo necesario para todos. Por supuesto todos los ciudadanos y ciudadanas tienen la obligación de trabajar y ganarse el sustento y entre todos asegurar una supervivencia digna de los disminuidos e incapaces. El sistema de la jubilación que afecta a todos debe seguir perfeccionándose.

Para asegurar dicho funcionamiento son precisos gobiernos compuestos por personas honradas, capaces, y comprometidas con estos valores. Sería fácil conseguirlo con políticos honrados guiados por ideales y convencidos de que gobernar es servicio, no un privilegio del que se sirve, que es el espectáculo al que estamos asistiendo. 

Si los mandamases de turno utilizan el poder para su medro personal, e incluso si son malos gestores, hay que intentar desbancarlos. Los militantes honrados, convencidos, tienen la obligación moral de hacerse escuchar, bien es verdad que en una primera fase en los órganos correspondientes de los partidos. Después, si la deriva que toma la gestión es personalista y navega por derroteros injustos, deberán expresarlo y criticarlo. Si esos líderes utilizan siglas justas para escudándose en ellas gozar del poder, enriquecerse, perpetuarse en lugares de privilegio pervirtiendo sus ideales o utilizándolos como escudo para disfrazarse de nobleza y de impunidad, los militantes y las personas de bien deberían denunciarlo. Son más peligrosos que los contrincantes ideológicos, porque profanan siglas que representan justicia social.

Gobernar utilizando unas siglas justas, servirse del poder para enriquecerse, o para dar rienda a su ego, es más punible que los que hacen muchos rateros para subsistir y los condenan a cárcel. Los gobernantes trileros que llegan al poder para servirse de él, deberían rendir cuentas. Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a conocer actuaciones y decisiones poco éticas e incluso inmorales de nuestros políticos, que llegan en su superchería a retorcer las leyes, manejando y corrompiendo los órganos garantes de la justicia. Ya es llamativo que aceptemos que los miembros del poder judicial y otros miembros de órganos que van a ser árbitros y van a juzgar temas que competen a los ciudadanos, sean elegidos por los partidos. Hemos perdido la capacidad crítica y nos hemos acostumbrado a que el cambalache en la elección de los miembros de los órganos de poder sean como mínimo sospechosos de corrupción en sus veredictos.    

Ante una mala gestión, sobre todo si es sectaria y personalista, no considero que haya que tener lealtad al partido ni a sus líderes. Hay un primer imperativo que es la conciencia, que en política es instaurar sistemas de justicia social, de primar el esfuerzo, de no dejar a nadie por el camino. Si el grupo que gobierna no lo hace, los militantes, no digo que de momento se deben alinear con el contrincante político, pero sí tener coherencia y hacer crítica en su partido. Esa lealtad rastrera de defender una ideología teóricamente justa, cuyos líderes la están mancillando o utilizándola para propio beneficio o en coaliciones injustas con la excusa de mantener el poder, tiene mucho de fundamentalismo en el mejor de los casos, y con frecuencia de corrupción para seguir manteniendo privilegios, y en no pocas ocasiones, por su historia de trapicheos personales injustos.

Los partidos deben estar vivos y para estar vivos deben convivir con las circunstancias sociales que son cambiantes, pero siempre con la finalidad de imponer una sociedad que prime la justicia social y el esfuerzo, no dejando a nadie por el camino. Muchos y muchas no lo hacen porque gran parte de las personas que están hoy en política, han llegado por intereses, no por ideales. Muchos son poco capaces, su labor es seguir rigurosamente las consignas de los que mandan, y muchos de ellos son amorales además de incompetentes. Su objetivo principal es ocupar lugares de privilegio generalmente bien remunerados. Los ideales los tienen como eslogan, y poco más. 

Los ciudadanos estamos, en este momento de incertidumbre, unos inhibidos, perdida la esperanza con el convencimiento de que todos los poderes y políticos son iguales, otros con esperanza de que los órganos garantes de nuestra democracia, funcionen, y grupos de mujeres y hombres capaces e idealistas desbanquen a los que han degradado el poder político en nuestro país.

Los líderes, los eslogan del partido en el poder, la prédica que manejan en este momento, es falsaria y están haciendo daño a unas siglas que representan en su teoría justicia y honradez. Tal vez quedará degradada para muchos años, hasta que la rediman otras mujeres y hombres idealistas y justos.

Los culpables no son solo los líderes, sino también los militantes, comprometidos con esas siglas que merecen respeto y su contenido defiende un sistema social justo. Los líderes que actualmente la ocupan, utilizan sus siglas y sus discursos, pero su comportamiento pretende como finalidad mantener el poder, para lo cual compran o sufragan literalmente los principales medios de comunicación para engañar al electorado. Asimismo, algo inaudito a lo que nos hemos acostumbrado, el nombramiento de los jueces por los partidos políticos, lo cual es una aberración; tener controlado al fiscal general del Estado es propio de una dictadura bananera. Realmente es una degradación de nuestra democracia.

Por mucho menos hay personas en la cárcel. 

Realmente vivimos un timo a gran escala.