Risueño

No suelo estar risueño. Es un gesto de fantasía para la galería que observa con el rabillo del ojo. Pero es un gesto gastado un tanto, con el muelle roto de tanto usarlo.

Cuando voy por la sombra o por la oscuridad, el gesto se endurece de preocupación, de cabreo, de pena. Cuando salgo de la penumbra de nuevo ajusto el gesto al decorado de observadores risueños, de modestia falsa, de prepotencia envuelta en paternalismos, de amenazas veladas, de odios y envidias solapados, de sonrisas forzadas enseñando el colmillo, de miradas vidriosas donde se trasparenta el odio y la envidia que traspiran por los poros.

Parabienes, sonrisas de máscara, palmadas en la espalda con el puñal en la manga y en la fantasía, palabras susurrando solitarios sortilegios, vudús llamando a la desgracia y a la muerte.

Cuando paso el campo de minas, con varias dentelladas, contusiones salpicando mi sentir, lapos trasparentes adheridos a mi piel, me sacudo, me desnudo, respiro hondo, me paso la mano curandera por las heridas y bailo la danza de la libertad con gritos desafinados, con los sones del tambor de mis pisadas al ritmo tremolante de  la atracción por el futuro, y, en un escorzo de felicidad, siento que hasta mañana, ya no tengo que estar risueño, sino que mi cara será la que me veo en el espejo y que hay días que la saludo como a un viandante más, sin reconocerme, o conocerme solo de vista.