Opinión

Miseria de comportamiento

Tener años, y si matizo más, ser viejo, tiene además de inconvenientes físicos, también ventajas si tenemos la suerte de conservar las capacidades intelectuales en buenas condiciones, con aptitud de raciocinio, de análisis, de sacar conclusiones, aunque a veces nos delaten pequeños olvidos. En la vejez bien llevada, suelen estar conservadas unidas a la experiencia, a la serenidad, a una visión de futuro corto pero aceptado, una época de especial sabiduría. De hecho, los griegos y otras civilizaciones, a la senectud la valoraban como sabios en pragmática de la vida, tal es así que sus grupos consultivos, el Senado en Roma, solía estar formado por grupos de ancianos probos, reconocidos por su coherencia y buen juicio.

Creo que ese concepto hoy está un tanto denostado, porque estamos en la época de lo de usar y tirar, del placer fácil, de la frivolidad, de valores efímeros. Se busca la felicidad exclusivamente en lo material, aunque hay grupos, escasos, que defienden ideales.

Pero tener años tampoco es garantía de nada. Conozco a muchas personas que ya han cumplido años, incluso que ya son viejos o viejas que, en su momento, como también sucede ahora, accedieron a puestos de relumbrón, no por sus méritos, sino por su pertenencia a determinados grupos, sin más cualidades que su astucia, sus ganas de medrar y su servilismo al partido que entonces llegó al poder. Incluso hicieron sus quiebros y sus enjuagues para situarse en situaciones de privilegio para llegar a puestos de cierta importancia. Algunos y algunas estaban escasitos de preparación intelectual, incluso de conocimientos y, en pocos años llegaron a sacar carreras universitarias con ciertas ayudas.

No todos y todas fueron así. Hubo hombres y mujeres en el inicio de la democracia, que no se dejaron comprar cuando comenzó el reparto del pastel, y desaparecieron de la vida pública discretamente. Conozco amigos y amigas que su comportamiento fue heroico en tiempos de la dictadura, y que al llegar la democracia, o en su devenir, se hicieron a un lado y no han vivido de la política pudiendo haberlo hecho por su preparación.

Muchos a puro de estar en puestos políticos de cierta importancia llegaron a creerse que estaban en ellos por méritos propios, no porque los había puesto el partido. Ya no dejaron nunca esa pose de supremacismo, incluso de intelectualidad. Supieron aprovechar la situación, aprendieron manejos, corrupciones, actuaciones injustas, cambalaches, y defendieron fundamentalmente su supervivencia y la de su gente en puestos de privilegio bien pagados. 

Lo que me interesa resaltar, es que muchos políticos que llegan a sus puestos por fidelidad al partido, por su obediencia, a veces por su amiguismo y en ocasiones por algún otro detalle más íntimo, una vez subidos a la palestra social y política, ya no se bajan. No reconocen que donde están o han estado no es por méritos “de cuajo” propios, sino por su servilismo y cambalaches.

Ya nunca se bajaron del pedestal. Llegaron a convencerse de que habían llegado a sus puestos por méritos intelectuales e idealistas, no por ser acólitos y alfombras de los más poderosos de sus clanes. Incluso ya, toda su vida fueron adornándose con poses de supremacismo intelectual y moral, que es con lo que justificaban sus decisiones, sus cambalaches, injusticias y tropelías en favor de sus amigos, de su familia, de su partido, incluso capaces de las mayores corruptelas.

En este momento es la lacra de las sociedades probablemente no solo de la española. Se han convertido en élites teóricamente para hacer una sociedad más eficaz y justa, pero en realidad son grupos de poder, si no, de delincuentes ideológicos disfrazados de partidos políticos a los que han tomado y han corrompido para muchos años.

En algunas las sociedades antiguas de esplendor, el máximo poder de gobierno de la ciudad, estaba representado por un grupo de personas de edad. Gobernar en ese caso tiene una característica especial: los gobernantes saben que por los años cumplidos no están tan influidos por la vanidad del poder, y cabe suponer que su norte son los ideales, matizados por la experiencia, también condicionados por las circunstancias del momento. Hoy muchos de los pijos y pijas que gobiernan son gente sin preparación y con mucha avaricia, y hacen del quehacer político el medio privilegiado de ganarse la vida como primer objetivo. Muchos y muchas ya no llegaran a trabajar nunca. Se convierten en parásitos de élite.

Son necios y necias. No saben que van a morir y serán recordados como miserables. Pero los gobernados habremos sufrido las inclemencias sociales fruto de su egolatría, avaricia, incapacidad y, en una deriva, en algunos países que son dictaduras, de su crueldad.

Es de higiene intelectual y moral despreciarlos.

También reconocer su valía a las excepciones, que generalmente en ese ambiente tóxico desaparecen: los degradan o dimiten.