Felicidad en el argot de la vida diaria, es un concepto impreciso, que valoramos como algo muy deseado para nosotros y para nuestros seres queridos, pero inconcreto y no fácil de definir individualmente. Hablamos mucho del tema, casi siempre puntualmente, porque cuando nos dicen que maticemos sobre, qué entendemos por “felicidad”, solemos referirnos a generalidades o sensaciones poco concretas, y, cuando concretamos, suelen ser deseos subjetivos, en muchas ocasiones de poca enjundia, que nos suelen impulsar momentos de alegría, pero en los que difícilmente se puede focalizar la felicidad si la enfocamos como una vivencia no momentánea, sino duradera en el tiempo. Incluso haciendo cómputo, nos podemos referir a toda una vida, entendida con sus baches inapelables, pero echando la vista atrás la sensación es de felicidad. Bien es cierto que cuanto más tiempo abarca el concepto, nuestra respuesta es más conceptual, la valoración más difusa, y también más olvidadiza de los momentos malos, que indiscutible todos y todas hemos tenido en nuestro devenir.
Podemos decir que hemos sido muy felices unas vacaciones con sensaciones crudas y emotivas, pero, si nos referimos a toda una vida, la respuesta es más intelectualizada y probablemente más vaga y difícil de cuantificar. Tener una bonita casa o comprar un coche de postín nos puede producir momentáneamente sensaciones de alegría, incluso de felicidad, pero necesariamente no va a influir en nuestra vida feliz a largo plazo si su finalidad fundamental es estética.
La felicidad la producen las vivencias psicológicas, o espirituales, refiriéndome como espiritualidad no a lo religioso ni siquiera a la trascendencia después de la muerte, sino a vivencias psicológicas fuera de la conciencia ordinaria, y desde luego fuera de los pecados de las religiones, y sí a comportamientos éticos en los ámbitos de la ley natural, como puede ser colaborar en hacer una sociedad más justa y un mundo más habitable; tener como norte ideales de valores y de justicia. Estos serían objetivos por los que merece la pena haber pasado por este mundo si conseguimos aportar algo a nuestra sociedad.
Pero la felicidad que rasca nuestra piel es la felicidad próxima. Las relaciones familiares son fundamentales, sustentadas en el amor, en el respeto a la individualidad, en el proyecto vital de cada miembro, en los hijos. Tener un ambiente de trabajo adecuado. Que el trabajo sea gratificante, que el esfuerzo tenga resultados positivos, no solo económicos sino de satisfacción porque sirve para un objetivo deseado. También debe haber compromiso en intentar hacer una sociedad más justa, solidaria fundada en valores siendo primordiales la justicia y la solidaridad.
Algunos deseos en los que focalizamos la felicidad son utópicos e imposibles si los referimos a toda una vida. Es imposible que tengamos salud siempre, nosotros y nuestros seres queridos. Todos vamos a enfermar alguna vez y vamos a ir muriendo produciendo dolor en nuestro entorno
Por todo lo cual cuando asumimos con cordura sobre nuestra vida que “hemos sido felices”, es un cómputo en que se rememoran y valoran, probablemente mejor incluso y con más objetividad que cuando tuvieron lugar, porque ampliamos el campo de visión de la época espigando lo positivo e importante. Incluso, cuando expresamos ese deseo asumimos con cordura que fue temporal pero que mereció la pena haberlo vivido.
En las antípodas de la moralidad feliz están las metas materiales en las que todo vale para llegar a amasar poder y/o fortuna. Los ideales políticos de justicia social, si no van disfrazados o se contaminan de las mieles que da el poder y este se convierte en primer objetivo, también son positivos. Son utopías que han sido el motor de personas idealistas, frecuentemente rodeados de oportunistas muchos de ellos trileros, frecuentemente utilizados por determinados líderes para los que “todo vale”, y el trabajo sucio es necesario en política según ellos.
Tenemos hoy un amplio muestrario en la política española, además con la conciencia tan adormecida, que han hecho de sus mentiras y de su proceder baldones pintados de purpurina y de honradez para conseguir sus fines, que precisan alimentar de postureo y de predicadores miserables para mantener la llama encendidas de sus mentiras.
El poder debería ser buscado para cumplir ideales de justicia, y en momentos de crisis suele ser así. Actualmente muchos y muchas lo buscan para servirse y gozar de él, de la erótica que produce estar en la cresta de la ola y de los medios de comunicación. También suele ir acompañado de dinero.
No necesariamente son más felices. Solo cuando se miran en el espejo, y cuando tratan con aduladores. Muchos son auténticos cretinos-as y no pocos, desalmados.
El ejercicio de la política tiene una gran responsabilidad, porque en su ejercicio se asume que se persigue ideales de justicia para hacer el país correspondiente, el mundo, más habitable y justo.
La mayor depravación, es la que estamos asistiendo hoy en muchos países del mundo, también es España: revestirse de ideas, e ideales de justicia social, utilizar palabras y conceptos que la defienden, incluso partidos, pero con el único fin de alcanzar el poder para gozar de él y conseguir sus intereses y los de los suyos. Es la perversión en política a la que estamos asistiendo. La palabra “progresista” está mancillada por muchas de las personas que hoy la utilizan.