¡Cuántas veces suena el pinganillo! A lo largo de nuestra vida, con frecuencia, recibimos llamadas de atención de nuestra conciencia que nos lanza una señal de que estamos ante situaciones en que debemos tomar partido, y cuya elección supone o no un quebranto de principios.
Desde que tenemos uso de razón, desde que tomamos conciencia de valores, vamos formando una serie de códigos que son los que van a regir nuestros comportamientos. No estoy hablando de religiones, que al adoctrinarnos incluyen principios, algunos coincidentes con valores universales, pero otros creados por la propia religión y que, en no pocas ocasiones, entorpecen el desarrollo del individuo e incluso le atormentan y manipulan.
También suponen llamadas los intereses, las ambiciones, los instintos, las pasiones. Entre unos y otros nos pasamos la vida, ponderando qué camino hemos de seguir, o qué decisión debemos tomar, pero nunca debe desparecer “la conciencia”, “la autocrítica”. El quebrantar ocasionalmente principios, ceder a los instintos, a las pasiones, no cumplir siempre con el deber, cae dentro de lo humano, y creo que todos hemos transgredido en ocasiones la forma de mejor proceder. Pero cuando esto sucede hemos sentido un regusto amargo, o al menos hemos tenido conciencia de que no hemos obrado bien. Aunque también es cierto, que determinadas personas, a puro de trasgredir principios universales, los emborronan para que no molesten, o incluso los pintan de purpurina justificando sus malas acciones como necesarias, e incluso se sienten salvadores y salvadoras, que también las hay.
Hoy existe una perversión de principios. En nombre de palabras rimbombantes, como “justicia social, libertad, democracia, el bien de la mayoría, progreso…”, muchos de nuestros dirigentes de uno y otro signo, son capaces de transgredir los principios con toda naturalidad, sin tener sensación de mala conciencia e incluso disfrazándolo de hacer el bien a los ciudadanos. Se han instalado en la mentira, en la ineficacia, cuando no en la corrupción, con el fin de mantener o conseguir poder, y de gozar de suculentos sueldos y prebendas.
En el ámbito de lo privado, mientras no se hace daño a terceros, las pasiones, los instintos, son comprensibles, pero a los que viven de nuestro trabajo y administran nuestros impuestos, les debemos exigir competencia, dedicación y honradez. Muchos, de los políticos, en el momento actual carecen de competencia y de honradez, y al parecer de conciencia. Más bien, la han dejado conscientemente en el baúl de los trastos viejos.
A muchos, ni les suena el pinganillo de la conciencia, abducidos por la sensación orgiástica que debe dar el poder.
Algunos-as, antiguos, cómplices callados, no se diferencian de los actuales. Los principios, la preocupación social, al parecer solo la tenían como medio, como perifollo, “para llegar”. Ahora callan, y son capaces de justificar las mayores villanías, probablemente también porque tienen mucho que ocultar.