Opinión

Cambiar de clase

Algunos de los que llegamos a estudiar en los años sesenta, proveníamos de familias humildes y lo conseguimos gracias a becas, a un esfuerzo terrible de nuestros padres y a un buen aprovechamiento por nuestra parte. Durante la época de estudio, sobre todo ya durante el bachiller y la universidad, el tanto por ciento de compañeros en nuestras condiciones éramos pocos. Constituíamos un grupo que iba a cambiar de clase social, por lo menos que íbamos a tener la oportunidad de hacerlo, pues en aquel tiempo tener una carrera universitaria era sinónimo de tener asegurado un trabajo más o menos estable.

En los primeros años en el colegio, soportamos el desprecio y a veces la crueldad de otros niños, que miraban con recelo y como si fuera una intromisión el que nosotros de clase social inferior nos sentáramos en las mismas aulas e incluso en los mismos pupitres que ellos. Este problema de relación lo teníamos fundamentalmente con compañeros de nuestra propia ciudad, que conocían bien nuestra procedencia y nuestro barrio, y vivían nuestra llegada como asalto a sus posiciones. Para los “internos”, mayoría en el colegio de jesuitas de Tudela, y pertenecientes en general a la alta burguesía vasca o a familias muy acomodadas, los externos éramos casi todos similares, es decir muy lejos de su status, pero en general se comportaban bien con nosotros.

En aquel tiempo a pesar de las edades muy tempranas, en general antes de los catorce años, ya había movimientos de querer cambiar de clase en algunos: los externos acomodados tendían a relacionarse con los internos, los externos parias, a hacerlo con la clase inmediatamente superior que eran los externos acomodados, e incluso algunos a perder la relación que tenían con sus compañeros y amigos de barrio que no habían podido o no habían querido estudiar. Este fue un primer cambio, yo diría que fue irreflexivo y que se dio por inercia; duró poco tiempo. A partir de los catorce o quince años los comportamientos fueron más meditados y, se puede decir que las relaciones entre todos se homogeneizaron y que apenas había diferencias en nuestra vida de relación; eran comportamientos más maduros y, además, cada cual con su forma de ser y sobre todo con su capacidad para los estudios, habíamos marcado nuestro nivel de consideración.

A partir de esta edad, es decir en el bachiller superior y luego ya en la universidad, no soportábamos ni teníamos sensaciones de minusvalía respecto a compañeros y compañeras de status superiores, pero no sé si inconscientemente, algunos ya establecían distancias con los de nivel no universitario. Esta sensación en algunos se hizo mucho más patente y de forma progresiva decidieron cambiar de clase; probablemente los más necios, se apartaron de sus orígenes, se puede decir que huyeron de sus orígenes renegando o negándolo para nunca más volver.

Nuestra época de estudiantes universitarios fue de importante concienciación social y política, estábamos en una dictadura y una gran mayoría apostábamos por una reforma política para el advenimiento de una democracia. Las posiciones fueron muy diversas, desde los más activos que militaban en movimientos clandestinos, hasta los que colaborábamos en actividades o actitudes concretas de forma más o menos activa. Los primeros constituyeron los líderes políticos en la clandestinidad a los que reconocíamos indudable valía, valor y poseedores de una honradez a ultranza; en definitiva, considerábamos que iban a ser los que nos iban a cambiar el país.

De una dictadura podíamos esperar cualquier cosa, nada ya nos escandalizaba, pero en nuestro fuero interno sabíamos que día llegaría en que estas personas plenas de honradez y valentía en el plano social, cambiarían el régimen político a un estado justo. Llegó la democracia y, efectivamente, muchos de estos líderes comenzaron a ostentar poder y protagonismo social. 

Tengo que confesar, seguramente desde mi ingenuidad, que nunca me he llevado una decepción mayor. Enseguida aparecieron los que optaban a líderes y lideresas del nuevo sistema, con codazos y navajeos entre ellos para ocupar los lugares de privilegio. Enseguida transparentaron ambiciones. Primero fue el comportarse en sus ámbitos sociales, festivos o de trabajo con tanto protagonismo y con tanta prepotencia como aquellos que criticábamos en la dictadura, en este caso además aderezado con una aceptación social mucho mayor porque eran los portadores teóricamente de las ideas de justicia y equidad. Primero se paseaban y se enseñaban en los lugares de moda, vestían de forma claramente elegante y diferenciadora, con otra moda, pero igual de diferenciadora que las anteriores. Por último, se rodearon de una nueva burguesía, unos antiguos ricos que seguían siendo ricos, otros nuevos ricos y no pocos profesionales arribistas que venían buscando y consiguiendo el medro fácil.

Con la excusa de cambiar la sociedad fueron capaces de las mayores cacicadas e injusticias en los ámbitos de poder que controlaban; se creían con derecho y en posesión de la verdad, sin ningún remordimiento a la hora de hacer lo que les parecía, con la excusa de que era para bien de la sociedad. De hecho, escuché directamente a una de aquellas personas decir textualmente: “ahora nos toca a nosotros”. Nunca se les ocurrió pensar que para hacer justicia social hay que sentirse justo en lo que uno está haciendo cada día, no acomodando la justicia a sus deseos o sus ambiciones. Después fue toda una cadena: acostumbrados a pequeñas corrupciones y sintiéndose salvadores de la sociedad, no les fue difícil convencerse de que se merecían recompensas y meterse en grandes corrupciones. Tuve años después, noticias directas de personas concretas, de pedir óbolos, la mitad para el partido y la otra mitad para el político conseguidor.

Asolaron el país y rompieron los ideales de mucha gente. Estos fueron los que cambiaron de clase de forma radical, aunque paulatina y de forma sibilina, y su cambio fue más sectario, mucho más maligno para la sociedad y para las personas, que la de aquellos imbéciles que se sentían distintos por el hecho simple de haber nacido en clases sociales acomodadas. Estos fueron mucho peores, pues disfrazados con un aire progresista y paternalista se asentaron en el cenit del poder, se aprovecharon personalmente de su posición, y fueron capaces de las mayores banalidades y de las mayores tropelías e injusticias.

En aquel tiempo, pensábamos que de “la derecha” podíamos esperar cualquier cosa; de ellos fue una gran decepción.

Actualmente parece estar sucediendo algo similar. Fundándose de nuevo en su supuesta supremacía moral, que pregonan hasta la saciedad, están actuando como nuevos reyezuelos. Están degradando una ideología, la socialdemocracia que considero modelo de progreso, y están sobrepasando todos los límites, ejerciendo el poder de forma arbitraria persiguiendo sus propios intereses. Están ejerciendo el poder como una dictadura de país bananero, utilizando y mancillando los valores y las reglas del sistema democrático que rige nuestra democracia.

La mayoría de todos aquellos que colaboraron y tuvieron cargos más o menos influyentes actualmente están callados, probablemente asumiendo lo que sucede y en todo caso encadenados por sus comportamientos anteriores, porque también tienen mucho que ocultar.

Los ciudadanos debemos despertar.