La otra tarde, iba de paseo por horizontes desflecados y paisajes inermes. Mis pasos eran prudentes, mi mirada perdida en el horizonte era opaca, probablemente por no tener proyectos, o tal vez era el horizonte el que no brillaba, ralo de luz y espeso de ensalmos tóxicos. Mi mente estaba invadida por la preocupación y el desasosiego, aunque ya había transitado muchas veces por caminos y trochas similares.
Pero era otro día, otro día de vida. Había que caminar, aunque como muchos, sin saber claramente la dirección que debería tomar. Hay días sin caminos, días de encrucijada, días sin ilusión y sin meta. Días de tormenta y de dudas. Días para sentarse en un banco de la estación y ver pasar los trenes.
Andar, muchas veces por marchar, aun sin saber hacia dónde, puede ser algo reflejo, una búsqueda, aunque no necesariamente trascendente; puede ser incluso solo entretenimiento por no tener nada mejor que hacer. Nunca nos solemos parar en la escena del vivir; aunque el vivir nunca se para;lo vamos gastando. A veces, vivir es un torbellino que nos arrastra, aunque estemos pasivos y en reposo. Nunca podemos parar; aunque te sosiegues en la sombra de una encina, tu vida sigue adelante. ¿Hacia dónde?
Muchas veces no sabemos. Somos como el barco de papel arrastrado por la corriente que no sabe su destino; solo podemos decidir lo que pensamos o lo que hacemos en el trayecto dentro del barco. Lo demás nos viene dado.
Pero después de traqueteos, tempestades, altos vuelos, siempre está el aterrizaje esperando con indiferencia, conocedor de nuestro sino.
A veces, es aterrizaje forzoso en el espejo del cielo.
Otras veces en autopistas lustrosas y desnortadas.
Así acaba nuestro viaje.