Sisebuto
Hace cosa de dos años coincidí con Sisebuto en la puerta de la Notaría. Mi viejo amigo sonreía, su cara reflejaba un alma rebosante de dicha. En su mano agitaba feliz un sobre alargado color sepia.
Son las escrituras-repetía-, ya son míos.
Por lo que pude entender, Sisebuto había comprado, con los ahorros de treinta años de trabajo, una finquita en el pueblo, casi en las afueras, un solar de setecientos metros cuadrados de uso residencial. Allí iba a construir la casa de sus sueños, un hogar para toda la vida.
Además, pensando en su jubilación, también se había agenciado un terrenito en el regadío, tres robadas de tierra fértil para la cría ecológica de verduras y árboles. La vida era bella.
Anteayer nos volvimos a encontrar a la puerta del juzgado. Casi no lo reconozco cuando pasó a mi lado. El pobre Sisebuto era todo ojeras. Bajo un brazo tembloroso portaba una pesada carpeta llena de papelotes, demandas, requerimientos, oficios, sentencias y recursos. Apenas podía moverse bajo el peso de semejante cartapacio y sus palabras sonaban siniestras, negras, fruto del resentimiento y de la frustración.
Por lo que pude entender, al poco tiempo de firmar las escrituras, un pariente del concejal de urbanismo había promovido y el Ayuntamiento había aprobado una modificación del plan municipal que convertía su flamante solar en una parcela industrial. Había tenido que venderle al gachó sus setecientos metros por la mitad de su valor para poner una nave.
Por si fuera poco, una empresa de estas de la cosa renovable se había encaprichado de su huerto porque era ideal para instalar unas placas solares. Le estaban expropiando a precio de risa.
Entre abogados, procuradores, peritos y costas judiciales, Sisebuto había visto evaporarse el fruto de treinta años de eslome.
Pero lo que más le jodía, según me dijo, era que con los impuestos que religiosamente abonaba al Muy Ilustre, estaba pagando las facturas de los bufetes de Pamplona que le estaban dando por el culo.