Opinión

La otra tarde

La otra tarde, los Sagrados Duendes de la Ley y la Justicia, depositarios de la Ciencia Jurídica Municipalista, se dieron cita en el tejado de la Casa Consistorial de Cabanillas y, por una de las chimeneas, descendieron al Salón de Plenos donde los nueve concejales celebraban sesión ordinaria, posándose sobre sus cabezas e  inspirándoles en pocos segundos ideas, pensamientos e intenciones que sus cerebros despistados y los de sus prestigiosos letrados mercenarios habían sido incapaces de captar, albergar o procesar durante los últimos mil quinientos días.

Como por arte de magia, comprendieron.

Súbitamente entendieron que doscientos y pico mil son muchos euros para dejarlos sueltos por ahí, huérfanos los pobres, a la buena de Dios, a un año de las elecciones, con el frío que hace.

De repente, nuestros regidores y sus abogados oportunistas, tan bien pagados, llenaron de Diegos lo que ayer rebosaba “digos” y, con un arrojo desconocido por estas tierras, decidieron perseguir al moroso recalcitrante. Pero sólo un poquito, según parece, porque acto seguido le atizaron cientos de miles de metros cuadrados de terreno comunal facero para que siga con su negocio, matando pájaros unos años más, veinte o treinta, en concreto.

Un concejal preguntó si no era menos cierto que aquellos que nos estaban haciendo la marranada de no pagarnos, aquellos, digo yo, ante los que nos habíamos vuelto a arrastrar, ofreciéndoles una negociación con rebaja, vergonzante para el pueblo, aquellos trituradores de aves indefensas tan necesarias, destructores del hábitat de animales en peligro de extinción, no eran los mismos a los que ahora entregábamos de nuevo el comunal. 

Todos negaron como posesos moviendo sus cabezas mientras repetían qué no, qué no y qué no.

Pero era que sí.