Termina un mal año
Me siento ante el teclado a escribir unas líneas en este final de año.
Mi intención es no malograr el sentimiento de felicidad de las personas que lean esta nota, siendo consciente de lo difícil del momento que estamos atravesando en general.
No sé si compartirán conmigo los lectores que la vida, la sociedad, la forma de relacionarnos está cambiando tanto, que a veces me siento incapaz de comprender qué está pasando en el mundo que nos toca vivir. Me quedo sin respuesta ante cosas que considero importantes, y eso me hace ser escéptica —no conformista, que es diferente—.
La escasa empatía, la nula escucha de la opinión diferente, la soberbia, el desprecio de gobernantes que nos vienen a la cabeza por la persona que es diferente —el emigrante, la mujer, los desamparados y desposeídos— son marca de una sociedad que impregna lo cotidiano. Y los poderosos que imprimen esta forma de proceder me repugnan. A veces no veo respuestas bien armadas frente a estas conductas.
Desde estas líneas, y con motivo del fin de año que coincide con la Navidad, hago propósitos a sabiendas de que no es fácil que se cumplan. No porque sea imposible, sino porque no interesa a aquellos que, por su acción u omisión, obtienen rédito público o político pisoteando a quien está más desamparado.
Lo he reclamado en calles y plazas junto a muchas personas comprometidas con las buenas causas, y lo hago desde este altavoz que me da Plaza Nueva porque lo creo necesario:
- No seamos indiferentes ante las injusticias.
- Paz y reconocimiento al pueblo palestino. No al genocidio.
- Paz para Ucrania, que entra en el cuarto año de la guerra declarada por Rusia.
- Cariño y respeto a las personas que han perdido en Valencia y en otros lugares a sus seres queridos.
- Basta de asesinatos a mujeres.
Un saludo a la redacción y a los lectores de Plaza Nueva.
Mis deseos de que 2026 sea un mejor año, aquí y en todos los rincones del mundo.