Opinión

La soledad deslavazada

Hay quien le pone ojitos a la soledad y la balancea entre acordes melancólicos y románticos. 

Aquí puedes hacer una pausa y buscar en tu móvil o Tablet “La soledad” de Laura Pausini, “Soledad” de La Oreja de Van Gogh. Hasta Joaquín Sabina le pone nombre a esa amante inoportuna “Que se llama soledad”.

No se trata de buscar la cuadratura del círculo, tiempo le llevó a un tal Anaxágoras de Clazomene en el 450 a.C. y finalmente, no la encontró. Por el contrario, se trata de poner orden en el caos de la soledad no elegida que, a pesar de no ser elegida, ni bienvenida, es hallada, hospedada y finalmente, sufrida.

La soledad no es una cuestión numérica, nos lo recuerda El chojin en “Mi Odisea”: “en el móvil más contactos que nunca pero menos amigos”.

Tampoco es realismo mágico, esa idea de que alguien lo arreglará por nosotros. 

Intenta completar este proverbio chino: “Quien cae al suelo, se levanta con la ayuda de…” Estarás barajando varias posibilidades:  los otros, los amigos, la familia, el estado, la sociedad… Pensamos que alguien tendrá asignado ese cometido y solo cabe esperar a que aparezca. La espera es en vano, el proverbio habla de: “con la ayuda del suelo”. El suelo es el impulso que hemos cogido en la caída.

Un impulso del que se sirven los “late bloomers”, personas que florecen tardíamente, quienes mantienen en una armoniosa convivencia un cuerpo maduro con una mente activa. 

Una mente activa que le planta cara a la soledad, no marcando una enemistad belicosa, por el contrario, haciendo de ella buena compañía. Una compañía que hace florecer quienes somos porque como diría Oscar Wilde “los otros puestos ya están ocupados”.

La distancia entre la soledad deslavazada y la buena soledad es una incógnita que nos invita, como sociedad, a nombrarla, reconocerla y trabarla con nombre propio.