Catorce de febrero es la fecha en que celebramos San Valentín. Fecha en la que todos los enamorados se intercambian regalos en señal de su amor.
Las parejas eligen cenas románticas donde renombrarse como la pareja elegida y entre, pescado, postre y vino, tener un acercamiento más sensual con ella o él.
Un fin de semana en una casa rural acercando la naturaleza al ajetreo diario o un viaje exprés a un exótico destino para conocer otras ciudades y ampliar la lista de países visitados son, también, propuestas que el fulgor de Cupido despierta en los corazones de hombres y mujeres que quieren revivir “su primera vez”.
Mientras unos celebran San Valentín, otros, principalmente otras, des-celebran San Candil. Y es que San Candil es popular entre quienes no tienen nada que celebrar ese día.
La expresión: “Ser candil en casa ajena”, es un aforismo que amablemente nos compartió un asistente a uno de los talleres que impartí hace un tiempo.
Él comentaba que su padre era “Candil en casa ajena”, una persona muy bien considerada entre sus vecinos, amable, alegre, activo socialmente y, sin embargo, en casa le hacía la vida imposible a su mujer.
Son personas sin empatía, incapaces de ponerse en el dolor del otro. Empiezan a erosionar la autoestima de la pareja, alejarla de su red de apoyos (familia, amigos) hasta que ella deja de ser quien fue y es solo una sombra apagada de una remota figura de mujer, esposa y madre.
No ocurre de un día para otro, es un trabajo planificado que puede durar años, e incluso, toda la vida.
Estas fechas nos recuerdan que seguirá habiendo candiles, aceiteros, candeleros o candelabros, más afanados en sus caprichosos egos que en sus familias.
A pesar de ello, la luz del amor-propio siempre estará ahí, cual San Valentín en el calendario, para ser faro de barcos que perdieron su rumbo.