La reputación putativa
La presencia en las redes nos expone a una visibilidad y consecuentemente somos dianas en el juego de los dardos.
Si la exposición en el marco público nos encumbra, somos objeto del deseo y admiración de nuestros coetáneos. Se nos rodea de fuegos artificiales y vivimos en un carrusel de likes, coranzoncitos, que atrapan nuestra vanidad e incluso hasta ponen precio a nuestra alma.
Todos sucumbimos a sentirnos el deseo de otros.
Los que tenemos ya cierta edad disfrutamos de las subidas de dopamina con el ansia de tener momentos de calma; el cuerpo pide lo que pide y pone freno a los desatinos.
Por su parte los jóvenes viven la epopeya de la popularidad como una necesidad vital. Han nacido dentro de las nuevas tecnologías y se conectan a la sociedad cual pendrive al ordenador. Ascender en los escalones de la fama, del reconocimiento, es la manifestación del éxito personal.
Ocurre que cuando estás arriba de la ola dejas de ver la arena de la playa. Ese punto en el que eras una persona en busca de una vida. Tras la ascensión a figurar como “number one” (número uno) tu mente te identifica con lo que los demás dicen que eres. El personaje que representas captura a la persona y la persona vive la vida del personaje. Pasas a tener una reputación putativa, simulada.
Todo marcha bien hasta que, de la noche a la mañana, los fuegos artificiales se silencian. Los acólitos pasan a ser luna menguante. Fuerzas misteriosas te tiran escaleras abajo y cae, no solo el personaje, se precipita la persona, esa parte esencial que encierra el amor propio, la confianza y el valor.
Esa reputación que creías cimentada en granito, perdurable, se comporta como el cristal de Bohemia tras estrellarse en el suelo, se rompe.
Habrá quien enfrente esta caía con más o menos dignidad. Habrá quien se apoye en los pocos amigos que le queden, en la familia que siempre estuvo en el burladero pendiente de la faena en el ruedo.
Habrá quien no sepa o pueda digerir la pérdida de lo alcanzado, que sus fuerzas no le acompañen a reiniciar un nuevo ascenso. Que no vean luz al final del túnel y que tiren la toalla de seguir en el escenario de la vida.
“Queridos pasajeros, abróchense los cinturones, en unos minutos despegamos”.