Cursillista es aquella persona que va de formación en formación de forma encadenada como si del juego de la Oca se tratase: “de oca a oca y tiro porque me toca”.
Para los amantes de las formaciones, éste podría ser nuestro segundo apellido: cursillista.
Cuando trabajaba en orientación laboral había una consigna que en todas nuestras formaciones blandíamos como un estandarte: formación a lo largo de la vida. Tanto si los usuarios que acudían a nuestro servicio estaban desempleados como en activo, buscando una mejora de empleo, la formación, en un mundo tan exigente como el laboral, era un elemento de éxito en la búsqueda laboral.
Tras cuatro decenas de años girando en esta rueda de hámster, yendo de formación en formación, he llegado a confirmar una sospecha que, desde hace tiempo, rondaba en mi cabeza.
Hacer formaciones no es suficiente.
Es ponderable, deseable, pero no es suficiente.
Entre lo suficiente y lo ponderable anidan preguntas como:
¿Por qué las formaciones (a veces, muchas veces) no funcionan en los equipos de trabajo?
¿De qué depende el éxito de una formación?
Son preguntas que trascienden la formación en sí mismas y que conectan con el propósito intrínseco de las mismas: adquirir habilidades para el mejor desempeño del puesto de trabajo.
La formación no es el fin en sí misma, es un medio o una herramienta para lograr fines que la empresa considera importantes.
Los equipos no nacen asépticos, nacen con nombres y apellidos. Nuestra impronta personal nace de nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras simpatías o antipatías; un elenco importante de elementos que van a determinar si el fruto de las formaciones es el deseado o, por el contrario, es el resignado.
Conectar personas es mucho más que seguir instrucciones de un manual de buenas prácticas. Es poner la mirada en los “yo individuales” por encima de los procedimientos.
Cuando las formaciones terminan empieza el verdadero trabajo: las personas.