Simplemente con leer el título de este artículo todos empezamos a sentir una molestia en el pie de cuando, alguna vez, hemos tenido una piedra en el zapato.
Cada vez que el pie se apoyaba en el suelo un dolor punzante se nos clavaba en la planta e inmediatamente buscábamos apoyo para descalzarnos y liberar el pie, el zapato y a nosotros mismos de la fastidiosa piedra.
Llegados hasta aquí habrás deducido que esto no va de piedras ni zapatos en su estado físico.
Son parte de la narración de unos hechos frecuentes que, su simple recuerdo, estimula en nosotros los receptores del dolor y nos sentimos invadidos por la emoción (doliente) que acompañó a la experiencia vivida.
Y desde aquí, hablar de “re-victimizar” o “dejar ir”, cobra sentido.
Tras tener experiencias dolorosas (aquí podemos colocar el ámbito que queramos: familiar, laboral, social…), se nos abren varias posibilidades: lo negamos o lo afrontamos (olvidarlo es una forma de negarlo).
Si lo negamos nos mantenemos unidos al hecho y a las personas que provocaron la situación que nos perjudicó. Si insistimos en recordarlo, traerlo al presente (tal como ocurrió) somos víctimas reincidentes y nuestro cuerpo reacciona al estrés con síntomas psicosomáticos, es decir, enfermedad.
La forma sana de afrontarlo es romper el vínculo doloroso que nos ata a la situación que generó el trauma. Elaborar el duelo es lo que llamamos “dejar ir”.
Salir de esa espiral de sufrimiento requiere poner toda nuestra atención en nuestro autocuidado y protección.
Mantener una buena salud, como la define la OMS: “estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”, viene por quitarnos las piedras de los zapatos y seguir andando. Andando hacia delante.