Opinión

Pendulear

Hemos pasado de jugar con cromos a la física cuántica. Nos llaman analfabetos digitales porque en nuestra comunión no nos regalaron tablets ni juegos electrónicos. Eran, como decimos a los más jóvenes, otros tiempos.

Mi colección de cromos era mi tesoro, grandes, pequeños, con purpurina, troquelados. No solo los coleccionábamos, poníamos a prueba nuestra pericia para voltearlos utilizando la mano en forma de cuchara e imprimiendo un golpe seco al cromo buscamos voltearlo y ganarlo. Cuantos más tenías en el recuento de la tarde más afortunada te sentías sobre todo porque la paga de los domingos no llegaba para esos caprichos.

Hay cosas que aprendimos con la diligencia de buenos alumnos y toca desaprender. Cada vez que escribo solo y no lo acentúo me parece una falta imperdonable. Las nuevas normas gramaticales lo dejaron desnudo y a nosotros huérfanos de los pequeños gestos que, a pesar de ser pequeños, hablaban de nuestra identidad, de todo aquello que la había forjado.

Aprendimos de átomos para construir la tabla periódica, memorizar elementos innombrables y con estos conocimientos rayábamos la modernidad en la ciencia.

Ahora, a los mismos personajes, nos han cambiado de escenario e incluso de obra.

Cuando escucho hablar de física cuántica, agudizo el oído queriendo absorber los nuevos “inputs” y tras varios minutos de alta concentración el oído, guiado, seguramente, por la falta de conexiones neuronales, se desentiende del tema. En nuestro cableado cerebral no estaba recogido que el vacío cuántico era donde todo ocurría.

Ante la frustración de estar perdiendo un tren tras otro tenemos que tomar cartas en el asunto.

Ni el tiempo pasado fue siempre mejor, aunque la añoranza así nos lo muestre, ni el futuro es el diablo con tridente.

Nos toca “Pendulear”.

Igual que el péndulo encuentra su equilibrio en la oscilación, nuestro bienestar está ligado a balancearnos entre lo que fuimos y, hoy, somos, creando espacios donde albergar lo nuevo junto a lo conocido.