Los que llevamos ya un tiempo por aquí, los nacidos a mediados del siglo pasado, somos testigos de cómo el ocio ha ido evolucionando en respuesta y compás de los cambios sociales que estamos viviendo.
Mi ocio de pequeña era salir a la calle con la caja de cromos y/o canicas, encontrar a otros niños y niñas, voltear los cromos, lanzar las canicas, y regresar a casa con más (…) en los bolsillos.
Hoy, el ocio es otra cosa. Es algo que alguien te vende tras regalarte una tarjeta de plástico o el uso de una aplicación en el móvil.
¿Cómo explicarles a los niños y niñas de ahora que el ocio que ellos conocen no siempre fue así? ¿Que el viaje de novios era, para la mayoría de nosotros, la primera vez que cogíamos un avión? ¿Qué escribíamos cartas en papel para que nuestra familia tuviera noticias nuestras?
Inimaginable. Me imagino la cara de shock y la pregunta de, ¿vistes dinosaurios abuela?
Solo han bastado seis décadas para asistir a una revolución en las estructuras sociales que, a un ritmo vertiginoso, nos han trasladado de una modernidad sólida, cuando empezamos a tener un ordenador con torre y estábamos conectados mientras permanecíamos sentados frente al ordenador; a una fase gaseosa, donde hasta el aire que respiramos es digital, en la cual, actualmente estamos; pasando, a mitad de camino, por una fase líquida, donde el Smartphone pasó a ser una prolongación de nuestro brazo y nos permite estar conectados a tiempo completo (Byung – Chul Han, premio Príncipe de Asturias 2025).
Pasar de un ocio analógico a un ocio digital es el sello de identidad del momento en el que vivimos.
Una identidad que viene con tarjeta de pago. Una tarjeta que no compra cosas, compra felicidad.
¿Y cómo resistirse a ser más felices si solo hay que pasar la tarjeta?