El verano huele a vacaciones, calor, playa, fiestas patronales. Diez meses convocando sueños junto con el límite de la tarjeta para, en pocos días, esfumarse como agua de rosas y… volver, de nuevo, al estado de hibernación.
Ocio y verano son, junto a las vacaciones escolares, los reyes de los niños y niñas, las pesadillas de los padres y el duermevela de los abuelos.
Calendarios que quedan escarnecidos con grafías belicosas tachando los días que nos separan del bien venido primer día de vacaciones. Maletas que nos han acompañado por cielo, mar y tierra y que, como los gatos, cuentan más de siete vidas.
En medio de todo, el tiempo. Ocupar los días, sacarles chispas a los viajes programados. Cada hora, una actividad. Y si los planes hacen agua, o se quedan baldíos, el comodín del verano: el móvil.
Ocio cambiando de bando. Dibujos humanoides entreteniendo el tiempo muerto aun sabiendo que los tallos están tiernos; por otro lado, vidas que anhelan jugar, escuchar, imaginar, todo ello “juntos”, persona con persona, ensayando triunfos, renuncias, pérdidas, enfados, reconciliaciones; una forma amorosa de graduarnos para la adultez, estado de la vida a la vuelta de la esquina.
Cuando el ocio huela a socarrina, capucete, al fresco y merienda festiva.