Opinión

Juguetes rotos

Ojalá los juguetes rotos fueran solo juguetes inanimados, esos que se escriben en la carta a los Reyes Magos, los que deja Papa Noel al lado de la chimenea, los que inundan los escaparates y son parada obligada en la filiación de grandes y pequeños.

Hay juguetes que empezaron siendo animados. Se exhibieron en los escaparates de la vida. Fueron elegidos de entre muchos otros. Ocuparon tiempo de juego, momentos divertidos. Llenaban los días de ilusión y las noches de fantasías.

Hoy, son parte de los objetos que llenan la trastienda, lugar donde se acumula lo que es inservible a la espera del último toque de gracia.

Del escaparate a la trastienda hay un pasillo muy largo. Un pasillo que no se recorre en un solo día, sino en crepúsculos que se alargan y pasan desapercibidos por la huella de los “quizás”, los “debería”, y la vergüenza de haber perdido el esplendor de los primeros días.

Un rasguño, un desconchado, una pieza rota, una pila desgastada, una versión en proceso de caducidad, pequeños pasos que alejan al juguete del escaparate camino del último cobijo.

Hay una teoría sobre el comportamiento humano y social que explica los juguetes rotos. Dicha teoría sostiene que cuando los signos de deterioro y desorden no se controlan, conducen a una degradación progresiva y a comportamientos cada vez peores. 

Es la ley de los cristales rotos, propuesta en 1982 por los criminólogos James Q. Wilson y George Kelling, quienes estudiaron cómo la falta de intervención ante pequeños actos de vandalismo o desorden pueden desencadenar una espiral de decadencia.

Estiramos el músculo de la tolerancia hacia los actos de deterioro personal y social en detrimento de nuestro amor propio. Más tolerancia, menos amor propio. Una relación que es necesario invertir.

Amor propio es lo que pega, lo que ajusta, lo que recompone, cuando la vida nos va llevando hacia la trastienda junto a otros juguetes rotos.