La intención está encriptada, ¿quién la desencriptará? El desencriptador que la desencripte, buen desencriptador será. No he podido resistirme a jugar con esta interesante palabra.
—¡Al grano! Que el tiempo es oro.
—Sí, vamos a tomar el pulso a la intención.
La intención es como esa semilla dispuesta a germinar pero subordinada a las condiciones fértiles del suelo. Si tienes curiosidad y tienes en tu mano una semilla, por ejemplo una bellota, si la cortas por la mitad no vas antes encontrar ni una encina ni un roble, a pesar de que la bellota tiene la intención de ser encina, roble o alcornoque.
O como ese bloque de mármol encriptado para advenedizos y proyectado en magistrales obras escultóricas por artistas videntes y afanados.
La intención todo lo abarca y poco aprieta. Para que la intención “apriete” y se “afane” tiene que maridarse con un ingrediente que es moneda de cambio, y cada vez con mayor intensidad, en el tejido social y cibernético en el que vivimos: la atención.
La atención es como entrar en una habitación oscura con una linterna, lo que enfocas con ella queda al descubierto, toma protagonismo y, a partir de ahí, decides qué hacer. Lo que queda en la oscuridad queda desterrado al desafecto y la indiferencia.
La atención es para la intención como la tierra fértil para la bellota, o como Miguel Angel Buonarroti para el mármol.
Su versatilidad, su fácil disponibilidad la hacen interpretar un papel secundario en nuestro día a día cuando en realidad se viste de alfombra roja en los Premios Óscar.
Entre ser bellota o ser el “David” de Miguel Ángel anda la cuestión. Cuestión escrita con intención de que pongamos atención en aquello que desencripte lo que a primera vista vemos encriptado y queremos desencriptar.