Envejecer bien

Sabemos que vamos a envejecer. La certeza del declive es como tener un dado trucado y no utilizar esa ventaja para hacernos más sabios.

Reconozco que ha sido la primera vez que he estado en un balneario. Y no solo verlo por fuera, marcando esa distancia con lo que es ajeno a ti. Por el contrario, he pasado un día completo utilizando la mayoría de sus servicios y la experiencia me ha dejado grandes aprendizajes. Aprendizajes de vida.

Primero decir que ha merecido la pena y es altamente recomendable. Los masajes, los circuitos de bienestar, las saunas… son escenarios donde entrenar el bienestar, y no solo físico, que también, sino mental y emocional.

El psicólogo Eckhard Hess había encontrado la “ventana del alma” en la pupila del ojo. Esta experiencia en el balneario me ha permitido asomarme a esa ventana donde todo se vislumbra y todo queda oculto. Donde lo que se muestra no ha estado ni está en tu lista de deseos.

He sentido una atracción especial por las personas que habitaban los albornoces. Cada uno de ellos contaba una historia. Y a pesar de ser historias únicas hablaban un mismo lenguaje: cansancio, agotamiento de seguir adelante con la poca esperanza que llevaban en sus espaldas.

Hombres y mujeres curtidos en salir adelante con sus vidas, compartiendo sinsabores y alegrías en sus trabajos, sus familias. Pioneros en desbrozar problemas sacando pecho a las dificultades. Soñadores de risas con las que apaciguar su nostalgia. Candiles iluminando viejas estancias.

Viendo sus pasos cansados, sus posturas encorvadas, sus ojos en latencia de recuerdos, he sentido gratitud de sus manos, de sus ojos, de sus pasos. Un camino recorrido que se erige como invitación a hacer de nuestro camino, un buen camino; de nuestra vejez, una buena vejez.

Envejecer no es contar las arrugas en la cara ni el peso del andar pausado. Envejecer es asomarse a “la ventana del alma” y recargar la luz que aún habita.

Envejecer bien es aspirar a…

Todavía lo estoy descubriendo.