El Volatín
En la mirada de los niños y niñas un muñeco de madera ataviado con ropas extrañas y fumando un puro de grandes dimensiones.
Un acto tradicional de la Semana Santa, concretamente del Sábado Santo, que se celebra en la ciudad navarra de Tudela.
En la mirada de los jóvenes divertimento de salir con la cuadrilla y consumar la fiesta con carne a la brasa en los campos contiguos al casco urbano, música, bebida, risas y quizás, algo de desenfreno.
En la mirada de los adultos, un año más de tradición. Leche con canela, chocolate, churros, marcan el después del acto. Siempre pendientes de los más pequeños y de los familiares invitados a ver a ese Judas Iscariote que, delante de un numeroso público, espera, en la Plaza Nueva, el encendido del puro- petardo, que es el momento en el que todo salta por los aires maniobrados por hábiles hombres manejando la maroma y el torno.
En la mirada de los mayores, un año más de cuenta atrás. Celebrando el reencuentro con sus grandes momentos de infancia. Recordando a sus padres ausentes. El Día del Volatín era de esos días en que los padres se colgaban a los hijos de sus hombros y la plaza se teñía de gigantes mirando al balcón donde el muñeco de madera seguía dando vueltas, retorciéndose en sus pecados para, finalmente, ser pasto de burlas y regocijo.
Donde unos ven un muñeco divertido y estrafalario, otros ven el destino de las malas obras y la advertencia del inexorable tiempo.
El Volatín recuerda que lo subieron al palo en una fecha cercana al mil setecientos y todavía le siguen escogotando por traicionar a Jesús después de haber pasado tantos años.
Gran memoria acontece a los malos actos. Sirva de advertencia para quienes, queriendo obrar en infortunio, la historia les reserva un lugar preferente en el mismo palo.