Si reír fuera solo un mecanismo de tensar y relajar músculos formaría parte de los mecanismos fisiológicos de supervivencia. Sin embargo, la risa está a otro nivel.
Vivir tu infancia una década después de la postguerra ya presagiaba la ausencia de risas. Y es que la risa no se podía meter entre pan y pan, ni pagaba la renta, ni compraba la lana de nuestros jerséis.
Era un lujo no al alcance de todos. No tenía una utilidad para el día a día y quedaba relegada a un quinto u octavo plano. Dicho plano nunca llegaba a hacerse realidad.
Muchos crecimos viendo cómo la risa nos miraba de soslayo y giraba, a derecha o izquierda, sin apenas advertir de nuestra presencia.
Descubrir la risa es caer en la cuenta de que aun siendo un término genérico es algo muy personal.
No todos nos reímos de la misma manera ni de las mismas cosas. Hay risas impulsivas, otras comedidas; unas muy sonoras, casi estridentes, otras calmadas; mientras unos se ríen de chistes facilones otros encuentran su momento idílico cambiando de ángulo.
La risa va por tallas y cada uno tenemos que vestirnos con la que mejor nos encaja.
Los pro-risas con la risa genuina, espontánea, la que nos convulsiona cuando escuchamos un chiste o vemos una situación cómica.
Las personas serias echando mano de la risa ejercitada, aquella que, como las linternas dinamo, se activan con consciencia y con los recursos que la neurociencia ha desplegado para nosotros.
Hacer cosas saludables mejora la salud. La risa, entre sus muchos beneficios, libera endorfinas, mejora el estrés y previene el alzheimer. Reír es salud.