Hace unos días escuché por primera vez un dicho que, por coloquial, no deja de ser curioso: “Hazme sitio que yo me haré lugar”.
Y a pesar de que iba dirigido a otro contexto, aquí, frente a frente, hablando sobre el rechazo, también encaja. Una vez que consigue entrar, él solo se hace sitio y se instala junto con nosotros. Pareciera que la convivencia entre ambos, nosotros y el rechazo, fuese amigable si no fuera porque es una sensación que nadie querríamos tener.
¿Quién no ha sentido un dolor punzante cuando pides o expresas un deseo o necesidad y la respuesta es “No”?
En un momento u otro nos encontraremos con uno o varios “Noes” y lidiar con ellos puede resultar extremadamente complicado.
Hay quien se emplea a fondo en el combate y termina extenuado por la intensidad de la pelea. Quijotes frente a molinos de viento.
Otros, viendo que llevan las de perder, salen corriendo para evitar el encontronazo, sin darse cuenta que evitarlo es cargarlo encima de nuestros hombros y nos hace presas fáciles para el desánimo y la frustración.
El dolor del rechazo quizás sea inevitable, por el contrario, el sufrimiento que nos genera es educable y, por lo tanto, elegible (entendemos por sufrimiento un dolor mantenido en el tiempo y a veces, desconectado de la situación que lo originó).
David del Rosario, neurocientífico y Director del Instituto de Neurociencia Avanzada de Barcelona, señala que la valentía está en soltar el sufrimiento, en dejar ir. Para David del Rosario soltar es liberar a los otros o a las situaciones (que pensamos son el origen de nuestro malestar) de nuestro sentir.
Cambiamos nuestro sentir cambiando nuestros pensamientos.
Quien cambia sus pensamientos, cambia su vida.
Quien cambia su vida puede cambiar su mundo y el de otros.