Recuerdo hace muchos años que un amigo me contaba que estando en primaria le enseñó a su padre el boletín de notas y, siendo éstas buenas, todo aprobado, su padre le estampó una sonora bofetada en la cara.
—Le pregunté: ¿Y eso?
—Mi padre leyó mal las notas
—¿Se disculpó?
—No. Me dijo: “Así tienes para cuando la hagas”
Éste padre seguía el modelo de: “La letra con sangre entra” y era un adelantado de su época. Ahora te las dan por pura venganza.
Hace unos días coincidí con un amigo en un evento y tras el abrazo de amistad con el que nos saludamos me puso al día de la situación que estaba soportando y mi consternación no encontraba cobijo.
—¿Te acuerdas que se filtró tal noticia…?
—Sí, lo leí —fue mi respuesta en sentido general.
—Han ido a por mí
—¿Qué…?
Este «¿Qué?», no solo fue un pronombre interrogativo al uso, fue un asalto al Capitolio donde mi incredulidad no salía de su asombro.
—¿Y de qué te han acusado y quién?
—Han sido todo anónimos.
Y aquí la caja de Pandora todo lo resiste.
Mientras mi amigo me contaba su situación yo solo le miraba sus ojos. Algo había cambiado. Su mirada, antaño risueña, jovial, ciertamente encantadora, ahora estaba apagada, es como si alguien le hubiera dado al interruptor y apagado la luz.
Sentí su dolor como mío, eso hacen los amigos. Y, a pesar de que cuando llegué a casa le envié un WhatsApp mostrándole mi apoyo a él, como persona y como profesional, no puedo dejar pasar la oportunidad de reivindicar una injusticia que, a pesar que tiene nombre y apellidos, nos puede ocurrir a todos. Los acólitos de puñales afilados no dan tregua y es preciso ver “la paja del grano”, es decir, discernir la verdad de la mentira.
Porque «Tirar la piedra y esconder la mano» no es de personas honradas (ni se honran a sí mismos), es fruto de mentes escasas y corazones envidiosos.
Querido amigo, sé que tienes la fuerza de volver a ser quien tú eres.
Cuando el río suena… quizás haya alguien agitando piedra con piedra.