Conectar-Desconectar y otras lisonjas mediáticas

Hay meses y estaciones del año que llevan implícitos un propósito con voz de mandato. El verano es uno de ellos. 

Los meses entre julio y septiembre gritan “desconectar” y todos andamos buscando con frenético empeño la manera de desconectar para ser buenos cumplidores de la consigna estival. 

Es como disfrutar por obligación. Una obligación aderezada con frenar el estrés, mejorar la salud, bajar la tensión arterial, dejar de lado la tristeza; todo ello saludable y en beneficio propio.

¿Tan importante es el beneficio propio? ¿O el beneficio es solamente parte de una estadística de ingresos/ beneficios de quienes venden diversas formas de disfrutar?

La desconexión es altamente rentable. Pasa a ser un producto de consumo y, además, un producto atractivo y sensual. Resistirse no es una opción.

Elegimos donde ir, la forma de viajar, cómo repartir el tiempo. Todo ello dentro de un plan maestro que hace negocio con nuestro ocio. 

“Vivir el momento” es un mantra que se nos inocula en vena y no podemos parar de salir en su busca. 

Sufrimos una transformación de persona rutinaria y tranquila a hiperactiva. Cuando crees que has llegado, se abren más posibilidades y nos enredamos en la insaciable búsqueda de “vivir el momento a tope”. A pesar de que, cada vez que nos acercamos al límite, éste vuelve a alejarse. Y vuelta a empezar.

Y como no solo de desconexión vive el hombre, llegará septiembre y sufriremos la fiebre de vernos conectados con nuestro trabajo, nuestras obligaciones fiscales, familiares, sociales.

Quien diseñó la economía social de la desconexión ya tuvo en cuenta a la otra parte, la conexión. Toda una industria, de ocio y farmacológica, especializada en anestesiar la montaña rusa emocional que se nos viene encima al finalizar las vacaciones.

Atraer los opuestos y equilibrar es poner a la “persona y su bienestar” en la posición que le corresponde, en primer lugar.