Comunicar o Nicamuco

Ya de pequeña me daba por inventar palabras queriendo atrapar ideas en mi cabeza que corrían más que el cierzo en inviernos de la Ribera. Se me quedó esa costumbre (en mi casa lo llaman manía o extravagancia) y, vaya donde vaya, viene conmigo y nos hacemos mutua compañía.

Había barajado otro titular para este escrito: “cuando conversar es un ejercicio de riesgo”, sin embargo, me he decantado por esa parte del lenguaje que permite crear y hacer figuras en el aire con las palabras y luego aterrizarlas y cuidar de que en la caída no queden rotas o dañadas.

Por falta de tiempo, no de ganas, hubiera salido a la calle y hubiera, micrófono en mano, encuestado sobre qué tal se nos da eso de conversar.

Del uno al diez, cómo de bien se nos da conversar, en casa, con la familia, padres, hijos, pareja; en el trabajo, con los compañeros, jefes; así hasta completar una lista imaginaria de los contactos que realizamos habitualmente.

Dieces, ochos y medios, hubieran sido, con alta probabilidad, las puntuaciones más valoradas, argumentando que, hablar, hablamos y que, de hecho, no paramos de hablar a diestro y siniestro.

¡Sorpresa!

Conversar no es solo hablar. Es como un buffet en un restaurante de cinco estrellas frente a comerte una hamburguesa en un banco del paseo, entran por la boca, pueden engatusar al paladar, pero se desmarcan en nutrientes ricos y saludables.

Conversar es escuchar, prestar atención de calidad, abrir la mente a ideas nuevas, respetar y, en este orden, contestar. No es solo una mecánica de cinco pasos, requiere el ingrediente estrella, el que los chefs se reservan para brillar con su plato, la empatía, el querer “acoger al otro”, independientemente de estar de acuerdo o no con sus ideas.

De víspera a escribir la Carta a los Reyes Magos, muchos renovarán el propósito de conversar para entender(nos).

El resto, seguirán haciendo “Nicamuco”: Ni caso que te hago ni mundo consolativo que invento.