Hay situaciones en las que estaría de acuerdo con Jorge Manrique cuando,en las “Coplas a la muerte de su padre”, dice en uno de sus poemas: “cómo, a nuestro parecer/ cualquier tiempo pasado/ fue mejor”, sin embargo, en el tema que voy a desplegar en estas líneas, su parecer no es compartido.
Este artículo va de las bibliotecas, el impacto que tienen en nuestra vida y los retos a los que se enfrenta.
El valor de lo que es de todos a veces pasa desapercibido, solo se acentúa cuando en tiempos pasados estuvimos privados de ello, aun sin saberlo, por desconocimiento de su existencia.
La primera vez que vi una biblioteca tenía yo unos doce años. Descubrir una habitación llena de libros me dejó boquiabierta, cuando supe que se podían coger en préstamo y devolverlos después de leídos, pensé que estaba soñando.
Hay sueños de los que uno querría no despertarse, sin embargo, la realidad reclama lo que reclama y, cada lana a su ovillo y cada lector a su biblioteca.
La biblioteca pública que yo frecuento está ubicada en el Palacio Marqués de Huarte, un lujo la arquitectura civil barroca que alberga este recinto.
Un regio espacio que, en ocasiones, y ya en el interior de la biblioteca, nos coloca, a los lectores y lectoras (mención especial a las bibliotecarias), en un espacio escarpado al estilo de un rocódromo. Pasamos de lectores a escaladores al tener que coger un libro del ático de la biblioteca y acceder a él a través de una frágil e inestable escalera de caracol.
Nunca imaginé que leer fuera un deporte de riesgo solo para intrépidos.