En el camerino todo son estrellas

En el camerino de la vida las estrellas brillan con la juventud de sus veintitantos, treinta… luego, esas mismas estrellas son huéspedes de rincones sin nombre ni renombre, es la edad adulta.

De los camerinos a los rincones, de los rincones a la ignominia, fantasmas guardando la ausencia de los “quizás”, los “hubiera” y todo género de condicionales que de tanto añorar quedaron inertes.

El arte de envejecer es pasar de camerinos a rincones pisando entremedias el escenario y perpetuando el abono en primera fila; sabiendo que todas las escenas que la vida representa son importantes y le dan carácter a la obra.

Si pudiéramos saltarnos algunos momentos (…), eso quizás sean otras historias.

Ahora envejecemos más tarde que el recuerdo que tenemos de nuestros padres y abuelos, dicho de otro modo, vivimos más años.

Hay frases que se hicieron populares: “Pon vida a los años, no años a la vida” como eslogan reivindicativo de que cumplir más años no lleva implícito la calidad de la vida que estamos viviendo.

Hoy se ha colado este tema de la vejez en estas reflexiones en voz alta como homenaje a Carlos, compañero de “agua y sol”, que recientemente se ha ido. Y es que cuando “veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas a remojar”.

Y para remojar qué mejor que subir al escenario a nuestros amigos, los buenos, los de verdad, no esos pergaminos impostados; junto a la honestidad, la humildad, la vocación a ser “buenas personas”. Y defenestrar a aquellos actores y actrices que llevan la impronta maligna y arden en deseos de suplir los papeles principales con artimañas indecorosas (aunque quizás no punibles judicialmente).

En el camerino de la vida todo son estrellas. Solo se apagan al descender el telón y concluir la obra. Mientras tanto, toca seguir actuando.