Oficializado por la ONU en 1975 recuerda la lucha histórica de las mujeres por la igualdad.
Necesitamos símbolos que nos recuerden por una docena de horas que algo está fracturado y que nos sumamos a reivindicar su mejora o erradicación.
Pasados esos días de reflexión y apertura a experimentar la desazón del desequilibrio, volvemos a sumergirnos en los impactos diarios de otras rutinas que, según la matriz de Eisenhower, estarían en el cuadrante dos: urgentes e importantes.
Empezamos a hacer un hatillo con todos los artículos de merchandising que conmemoraban esta fecha y lo recogemos hasta… el año que viene.
Permitidme que cambie el foco de todo este argumentario y que enfoque esta reivindicación desde otro lugar. Ese otro lugar es la educación, la formal y la informal. La formal que está integrada en los planes educativos para jóvenes, padres, educadores. La informal que se gesta en las calles, en los patios de los colegios, en la familia, en las noticias que vemos.
La desigualdad, la violencia es, en el fondo, una cuestión de educación en valores, en gestión emocional. Aprender a gestionar la frustración, los sentimientos de desvalorización, el hacer frente a las agresiones diarias, físicas y virtuales, no solo es un compromiso de todas y todos, es una necesidad.
Construir igualdad es crear una realidad que supere las palabras. Las palabras como el papel, todo lo sujetan. Pequeñas acciones prolongadas en el tiempo, día a día, con la marca prevención y empoderamiento, son el mejor pronóstico donde erosionar la desigualdad, la violencia y construir una efectiva equidad.