Opinión

La ignorante cultura de la cancelación

La cultura de la cancelación no es exclusiva de la izquierda radical; por ejemplo, aquí en Navarra un destacado miembro de UPN manifestó que tal vez habría que cuestionarse El Quijote porque favorecía un concepto más benigno de los enfermos mentales. Es decir, que se trataría más bien de poner en solfa la sabiduría emanada de los clásicos, es decir, la práctica de una iconoclastia radical.  Por supuesto, la Biblia lleva poniéndose en duda desde hace siglos, sobre todo después de la Revolución francesa, que desembocó en las guerras imperiales napoleónicas, pero esto no sorprende ya a nadie. De lo que tratan estos radicales es de echar por la borda el acervo occidental, como si ellos fuesen una generación que ha despertado a la verdad que los antiguos no hemos sabido aprehender. Se basa en un nuevo tipo de adanismo, que no se da cuenta de que cada generación ha tenido que arrostrar problemas complejos y que sus soluciones integran el saber colectivo. Para muchos de estos individuos, las religiones, especialmente el Cristianismo, porque de lo que se trata en realidad es de combatir al hombre blanco, han provocado efectos perniciosos en extremo y no se dan cuenta de que cuando el ochenta por ciento de la población era analfabeta, toda la doctrina del amor era lo que conseguía que en Europa las relaciones humanas respondiesen a lo que se entiende que somos las personas. 

La cultura de la cancelación afecta a todas las ramas del saber y de la creación artística y literaria. Benito Pérez Galdós es uno de los grandes novelistas de la literatura hispana. Su ideología responde a un socialismo cristiano, y para este tipo de agentes pseudo culturales ya formaría parte de la extrema derecha. De época más reciente, podemos valorar que Miguel Delibes fue un escritor de centro izquierda, pero en la actualidad a causa de sus libros en defensa de la naturaleza y del ruralismo quedaría también situado como reaccionario porque otorga al ejercicio de la caza un valor positivo. Y no hablemos ya de nuestros clásicos más veteranos porque no les suscitan ya nada más que burlas. Yo no soy un clásico, por supuesto que no, pero he sufrido en mis propias carnes esa culturilla de la cancelación. Una editorial guipuzcoana me excluyó de una antología de cuentos infantiles porque en mi cuentico, Amaia y Beñat, publicado luego en este semanario de Plaza Nueva, proponía una educación en igualdad basada en el reparto de las tareas domésticas entre ambos sexos. Al parecer, según esa editorial, ese concepto estaba desfasado y lo que había que proponerles a nuestros educandos es que los niños no tienen pene y que las niñas no tienen vulva y viceversa. 

La moral natural establecía una racionalidad en el orden sexual y familiar, que no excluía la existencia de personas con una identidad sexual diversa. Yo siempre he pensado que había que tratarles con respeto y sin discriminarlos. Y lo sigo pensando en cuanto a los que verdaderamente tienen esa identidad diversa. Sin embargo, ahora tratan de inculcar en los niños y adolescentes que la homosexualidad y la transexualidad son gustos sexuales que se pueden experimentar, por ejemplo, durante una temporada. Lo están convirtiendo en una moda vacua y sin sentido. Se han dado pronunciamientos patéticos, como el del cineasta Almodóvar, terriblemente sobrevalorado, en que afirmaba que la homosexualidad es más moral que la paternidad porque sobra gente en el mundo. No se le ocurre a este sujeto, por ejemplo, proponer que las parejas tengan un número limitado de hijos, porque se divierte transgrediendo no ya los convencionalismos, sino la racionalidad biológica y psicológica de la humanidad. Parece mentira que quienes apelaban a la razón como su ídolo en este siglo estén rompiendo todas las normas de la razón humana, convirtiendo la cultura sexual en una aberrante irracionalidad, que sobrepasa con mucho a la de las demás especies. Y no me refiero tanto a que un adulto mantenga una u otra práctica sexual, sino principalmente a que se haya llevado esa irracionalidad a la educación de nuestros menores, consiguiendo que la familia tradicional, la fidelidad y la moderación sexual sean conceptos que pertenecen al ámbito de la extrema derecha, cuando la realidad es que integran los preceptos de la moral natural, los que vienen en nuestros genes como especie humana. Que las religiones hiciesen suyas estas normativas naturales, propias de nuestra especie, es lógico, pero no fueron creadas por ellas, pues pertenecen a nuestra naturaleza.