Por la alternancia política

La democracia se asienta en unos pilares, entre los que destaca el pluralismo político. Y de este valor fundamental se desprende lógicamente la alternancia política. En la época de la Restauración borbónica, a finales del siglo XIX y principios del XX, el modelo político español se basaba en el turno de partidos: el liberal y el conservador, que se turnaban en el Gobierno, sin hacer mucho caso del resultado real de las elecciones, que se trucaba en orden a favorecer ese sistema de alternancia. Por supuesto, no vamos a defender ese modelo en estos momentos, pero sí que podemos establecer la conveniencia de una alternancia política que remedie el desgaste a que se ven sometidos los gobernantes. Es frecuente que los ciudadanos nos sintamos identificados y comprometidos con una ideología y, por ende, con un partido político en particular. Ocurre con extraordinaria frecuencia que los líderes y la gestión de estos partidos no se corresponden con las promesas formuladas ni con las expectativas creadas, y podríamos preguntarnos qué deberíamos hacer en esa coyuntura, máxime que en esta tierra ha existido una organización terrorista que ha tildado de traidor a todo aquel que ha disentido de las tesis estratégicas y políticas de la Izquierda Abertzale. Expuestos a estos maximalismos, produce vértigo pensar en votar a la derecha a quien se ha definido siempre como socialista o viceversa. 

Cuando cayó el Muro de Berlín muchos dedujimos que el comunismo y el marxismo habían fracasado. Recuerdo que Julio Anguita explicaba en aquellos años que IU ya no pretendía nacionalizar la banca. Y en este sentido, muchos electores hemos votado incluso a la izquierda trasformadora bajo el supuesto de que los radicalismos se habían dejado atrás para avanzar en un socialismo más auténtico y más puro, que conciliase la solidaridad, con la libertad y con los derechos sociales e individuales, incluida la libertad de conciencia y de culto que, por ejemplo, durante la II República no se respetó en absoluto. Pensábamos que ya nadie cuestionaría la propiedad privada, que se respetaría la iniciativa individual y que se procuraría la convivencia armoniosa con quien piensa y cree diferente. Es decir, que muchos socialdemócratas podíamos votar a coaliciones como IU o semejantes, puesto que el PSOE había adolecido de vicios y defectos muy perniciosos, como el del terrorismo de Estado y una enorme corrupción. Y, sin embargo, partidos como el PCE han cometido el error de retomar viejos postulados como el leninismo y otros radicalismos, algo que se observa en la labor de los Gobiernos actuales tanto de Navarra, como del Estado, ya que forman parte de ambos. Por otro lado, el PSOE ha vuelto a mostrar esa cara inmoral y corrupta que ya le habíamos visto en el pasado, de gente que se mete en la política para enriquecerse y para gozar de vidas licenciosas, ligadas a drogas como la cocaína que asocian al poder y la prostitución. Y precisamente una de esas tramas ha surgido del PSOE-PSN. 

Por lo tanto, cabría preguntarse si un socialdemócrata podría votar en estos momentos, por ejemplo, al PP sin caer en incoherencias ni deslealtades consigo mismo ni con los demás. Existe el precedente de Paco Ordóñez que, como muchos recordarán, fue un líder de la UCD que se definía a sí mismo y sus seguidores como socialdemócratas, pero que en los años de la Transición no formaban parte del PSOE, sino del centro político que representaba Adolfo Suárez. Esto no fue óbice para que, una vez que Felipe González desterró el marxismo de su partido, llegase a formar parte de los Gobiernos socialistas, por ejemplo, como ministro de Asuntos Exteriores. Y como en realidad el PP representa en la actualidad el centro político, podríamos plantearnos desde la socialdemocracia votar a la formación liderada por Feijóo, cuánto más que este líder ha ejercido varios mandatos como presidente del Gobierno autonómico de Galicia con éxito y notable respaldo ciudadano.