Un deseo en verano
Alicia Baigorri Montes nos escribe este relato breve
El ejercicio consistía en cerrar los ojos y pensar en un deseo que nos gustaría que se cumpliera en el verano; luego, nos dijo la señorita Sofía, lo pintaríamos y lo llevaríamos de trabajo de fin de curso a casa.
Todos cerramos los ojos. Antes de plegar los míos, miré a Jaime y a Olga, ambos tenían los suyos arrugados haciendo un ceño algo divertido. No quise romper la magia del momento y también sellé los míos.
Quise concentrarme en buscar el mejor deseo que yo, con mis cinco años, pudiera tener.
Pensé en mi mamá que un día deletreó la palabra tontería cuando, tras salir de clase de música, le dije que quería ser pianista y recorrer el mundo. Luego añadió que no estaba el horno para bollos, no le llegué a entender porque, en la bolsa de la merienda solo había plátano y cerezas, pero no bollos, ojalá.
Pensé en mi papá, siempre estaba en las nubes, decía mi madre. Yo me lo imaginaba pilotando un gran avión o astronauta en una nave espacial.
Seguro que mi hermano Álvaro guardaba muchos deseos, aunque todavía los tuviera todos dentro. Mi mamá me contó que tuvo tanta prisa por nacer que se adelantó dos meses y algo le pasó que siempre está con la mirada perdida. Yo creo que al salir de mamá vio lo que había y quiso entrar de nuevo y, claro, como no pudo, se enfadó y, desde entonces, hace ya tres años, sigue sin pronunciar palabra.
Seguro que cuando se le pase el enfado nos contará historias fabulosas como las que nos cuenta la abuela María los días que nos quedamos a dormir en su casa.
Me gustaría, me gustaría…, ¡lo tengo! Seguir la Comparsa de Gigantes en las fiestas de Santa Ana. Son los días en que mi hermano Álvaro, a hombros de mi papá, gira y vuela, vuela y gira tan alto que, hasta los gigantes, cuando lo miran, no quieren dejar de bailar.