José Ramón Olarieta alerta del impacto de los digestatos en los suelos agrícolas
- El debate sobre los digestatos en Navarra
- Cómo funcionan las plantas de biogás
- Riesgos de los digestatos para el suelo
- Impacto en la cadena alimentaria
- Falta de control y regulación
- Repensar el modelo ganadero
El suelo, ese territorio discreto que sostiene la vida, se ha convertido en el centro de un debate creciente sobre los digestatos procedentes de plantas de biogás. Sobre esta cuestión puso el foco el ingeniero agrónomo y profesor de la Universidad de Lleida, José Ramón Olarieta Alberdi, durante una charla celebrada en Tudela el 23 de enero y organizada por Ecologistas en Acción de la Ribera.
El debate sobre los digestatos en Navarra
Su intervención se produjo en un contexto marcado por la polémica generada en torno al proyecto de planta de biometano y tratamiento de lodos impulsado por Nilsa, una iniciativa que ha suscitado controversia, oposición municipal y movilizaciones ciudadanas.
En Navarra y en buena parte del Valle del Ebro, las plantas de biogás se multiplican. Según explicó Olarieta, “en la comunidad foral, entre las que ya están en funcionamiento y las que están en proyecto, pues son un poco más de veinte”, una cifra que refleja un crecimiento que, a su juicio, responde a “una cierta burbuja” ligada a políticas europeas.
Cómo funcionan las plantas de biogás
Las plantas de biogás funcionan mediante la fermentación de materia orgánica. “Lo que hacen es fermentar materiales vegetales o animales”, explicó el experto, en referencia a restos agrícolas, residuos ganaderos o subproductos industriales.
Este proceso genera gas aprovechable energéticamente, pero también un subproducto menos visible: el digestato, un lodo que suele utilizarse como fertilizante. Sin embargo, su composición depende directamente de los materiales de origen. “Depende mucho de qué es lo que se ha puesto al principio”, advirtió.
Riesgos de los digestatos para el suelo
El principal problema surge cuando en el proceso se incorporan lodos de depuradora o residuos industriales. En esos casos, muchos contaminantes no desaparecen durante el tratamiento.
“Muchos de estos productos no se eliminan en la planta de biogás”, afirmó Olarieta. Entre ellos citó metales pesados, restos de antibióticos, microplásticos o compuestos procedentes de productos de uso cotidiano.
El resultado es un material que puede acabar acumulándose en los suelos agrícolas. “Hay evidencia de que estaremos contaminando el suelo”, advirtió, poniendo el foco en un problema silencioso pero persistente.
Impacto en la cadena alimentaria
El suelo no es un simple soporte, sino un ecosistema vivo con múltiples organismos esenciales para la fertilidad. En este contexto, algunos contaminantes pueden ser absorbidos por las plantas y terminar en la alimentación humana.
“Esto es una cadena”, resumió el agrónomo, alertando de que la contaminación del suelo puede trasladarse a los alimentos y afectar a la salud y a la seguridad alimentaria.
Falta de control y regulación
Olarieta cuestionó la eficacia de los sistemas de control actuales. “La cuestión es que no está prohibido. Y, a partir de ahí, pues bueno, puede pasar cualquier cosa”, señaló.
Comparó esta situación con la gestión de los purines ganaderos, donde, pese a la regulación, siguen existiendo problemas como acuíferos y ríos contaminados por nitratos. Si no se controla el origen de los residuos, advirtió, tampoco puede garantizarse la seguridad del digestato.
Ante este escenario, defendió que los digestatos procedentes de industrias y depuradoras no deberían utilizarse como abono, sino tratarse como residuos y almacenarse en condiciones controladas.
Repensar el modelo ganadero
Más allá del biogás, el experto situó el problema en el modelo ganadero actual. En muchas zonas existe un exceso de carga ganadera que supera la capacidad del territorio para absorber los residuos generados.
“Lo primero que habría que hacer es reducir esa cantidad de deyecciones ganaderas”, afirmó, apelando a aplicar la llamada “primera R: reducir”.
También cuestionó la eficiencia del sistema, dependiente de materias primas importadas como la soja. “Eso es muy ineficiente”, señaló, apostando por un modelo más equilibrado y diversificado.
Durante su estancia en Tudela, Olarieta percibió una ciudadanía cada vez más consciente de este problema. “Es un problema que tenemos en toda esta zona del Ebro”, indicó, subrayando que se trata de un desafío compartido y sin soluciones simples, pero que exige actuación. “Cuanto antes nos la planteamos, mejor”, concluyó.