El día que un alfareño llevó a un soviético a las fiestas patronales
La historia increíble de Vidal Vicente Armendáriz que logró que un alto cargo de la URSS disfrutara de las fiestas riojanas en plena Guerra Fría
- El día que un alfareño llevó a un soviético a las fiestas patronales
- La visita sin flashes ni propaganda
- Una visita atípica en el corazón de La Rioja Baja
- La diplomacia que surge desde lo local
- ¿Y si ocurriera hoy?
El día que un alfareño llevó a un soviético a las fiestas patronales
En el verano de 1981, cuando el mundo vivía una de las etapas más tensas de la Guerra Fría, Alfaro se convirtió en escenario de un curioso y profundo acto de distensión. Lo que parecía imposible en los despachos de Moscú, Washington o Bruselas, lo consiguió un alfareño jubilado con una carta: que un alto cargo soviético visitara su casa y disfrutara de las fiestas de su pueblo.
La historia comienza con Vidal Vicente Armendáriz (1909-1999), un prestigioso mecánico ya retirado pero con una inquietud incombustible. En plena efervescencia internacional —Reagan promovía la bomba de neutrones y Polonia vivía tensiones internas bajo la atenta mirada del Kremlin—, Vidal envió una carta directamente al presidente de la URSS, Leonid Breznev, invitándole a las fiestas patronales de Alfaro. Breznev no acudió, pero sí respondió: en su lugar, delegó la representación en Alguis Y. Chekúolis, director en España de la agencia soviética Novosti.
La visita sin flashes ni propaganda
Lejos de convertirse en un acontecimiento político rodeado de banderas y recepciones, la visita tuvo un tono íntimo y humano. Chekúolis llegó acompañado de su esposa, su hija Eva de 15 años y su hijo Justino de 6. Se alojaron en la casa de Vidal Vicente, sin prensa oficial, sin propaganda, sin declaraciones públicas más allá de una charla informal recogida después por algunos medios locales.
Como destacaba Crónica de Alfaro: “ni una foto oficial que acredite tan relevante visita”. Para ilustrar la noticia, tuvieron que pedir imágenes prestadas a otros medios. En una época marcada por la propaganda, este episodio destacó por su ausencia de teatralidad.
Pero sí hubo testigos, conversaciones y una conexión profunda entre dos mundos opuestos. “Jamás he vivido una experiencia de fraternización casi instantánea; no la olvidaré”, relató Chekúolis tras regresar a Madrid. Tanto es así, que invitó formalmente a la familia alfareña a visitar Moscú y a asistir a la recepción oficial en la embajada soviética.
Una visita atípica en el corazón de La Rioja Baja
Alguis Y. Chekúolis no era un funcionario cualquiera. Lituano y periodista con casi tres décadas de trayectoria, había trabajado como corresponsal en varios países. Durante su estancia, habló sobre la actualidad internacional, la desinformación sobre la URSS y temas espinosos como la supuesta relación entre diplomáticos soviéticos y grupos terroristas, que ciertos medios españoles vinculaban entonces sin pruebas.
En una entrevista, negó cualquier implicación de la URSS con ETA o con otras organizaciones violentas: “Eso es tan ridículo como decir que la Complutense de Madrid es el centro de los terroristas derechistas”. Sobre el supuesto pacto secreto entre el PSOE y el PCUS, afirmó: “Eso es una pura mentira […] jamás han existido esos pactos de origen sucio”.
Frente a rumores y miedos, Chekúolis defendió: “El terrorismo impide la marcha de la humanidad porque desvía la lucha de clases hacia un callejón sin salida. Nosotros condenamos los métodos terroristas”.
La diplomacia que surge desde lo local
Más allá del contexto político, la esencia de este episodio reside en su sencillez. Un hombre sin cargos, sin poder y sin idiomas compartidos, creyó que era posible hacer algo diferente. Vidal Vicente entendió que la paz se cultiva desde lo cotidiano: compartiendo comida, sonriendo sin traductores y dejando que los niños jueguen sin importar su procedencia.
El pequeño Justino incluso expresó su deseo de quedarse en casa de Vidal, según relataron los vecinos. Gestos así, invisibles para la historia oficial, dicen más que cualquier tratado.
¿Y si ocurriera hoy?
Cuesta imaginar un paralelismo actual. ¿Qué pasaría si un vecino de Tudela, Corella o Arguedas escribiera hoy al presidente de China o a Donald Trump y lograra que su delegado en España acudiera a las fiestas del pueblo? Probablemente el gesto sería recibido con escepticismo o polémica, y sin embargo sería un acto de humanidad tan necesario como entonces.
La historia de Vidal Vicente no debería quedar como una simple anécdota. Fue un acto de distensión en plena Guerra Fría, protagonizado por alguien que no buscaba hacer historia, sino acercar a las personas. Y lo consiguió.
A más de cuarenta años de aquella visita, cuando la desconfianza entre países vuelve a marcar la agenda global, vale la pena recordar que una carta, una invitación sincera y unas fiestas patronales fueron capaces de tender un puente que ni la diplomacia oficial logró.
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