Plaza Nueva

  • Diario Digital | sábado, 11 de julio de 2020
  • Actualizado 06:22

Un Papa jesuita para la Iglesia

Un Papa jesuita para la Iglesia

Me preguntaba el otro día un periodista a ver si íbamos a hacer algo especial en el colegio porque el nuevo Papa fuese jesuita. La pregunta me sorprendió. ¿Hacer algo? Sí, rezar por él junto con toda la Iglesia, como él mismo nos pidió al salir al balcón, antes de darnos la bendición. ¿Acaso teníamos que hacer algo especial como colegio? ¿Una especie de acto tribal porque uno “de los nuestros” había sido ascendido al puesto más alto del escalafón? ¿Nos plantearíamos

lo mismo si el Papa hubiese sido salesiano, por ejemplo? Es un Papa jesuita, sí, pero es un Papa para toda la Iglesia. La Compañía de Jesús ha hecho lo que debía, poner al servicio de la Iglesia lo que tiene, en este caso una persona con una honda experiencia espiritual, pastoral y de gobierno.



No quiero esconder con ello que a muchos nos hace gran ilusión que sea jesuita. ¿Por qué? No por conciencia de clase, ni mucho menos. Quizás sea simplemente porque apreciamos lo que la espiritualidad ignaciana nos ha dado. Una manera de relacionarnos con Dios que ha de pasar por Jesús y tomarle como referente. Que nos invita a comprometernos con la realidad y a ponernos del lado de los más débiles. Que entiende que estamos llamados a dar todo lo que tenemos y somos. Y uno intuye que Jorge María –o Francisco I– participa de todo esto, a pesar de que su edad y su contexto vital sean muy diferentes al nuestro.



Pero aparte de eso, está lo que vemos en su persona. Algunos ya entrados en años comentaban que les recordaba la imagen de Juan XXIII. La bondad de su rostro, la relativa modestia de su ropaje, la sencillez en sus gestos. Su origen hispanoamericano. La elección de su nombre, parece que inspirado en la pobreza del santo de Asís, aunque su audacia evangelizadora recuerda también al santo de Javier. Y retazos de declaraciones suyas de hace dos años que pueden resultar proféticas hoy, porque nos invitan a los sacerdotes, por un lado, a no “clericalizar a los

laicos”, y a los laicos, por otro, a no dejarse clericalizar, a asumir en la Iglesia un papel protagonista y a no ser meros monaguillos.



Con todo, lo más importante de esta elección ha estado en la reacción de la gente. Se le ha calificado rápidamente como el Papa de los pobres, etiqueta algo injusta para con algunos de sus predecesores, cuyo compromiso con los más desfavorecidos ha sido muy notable. Se ha abierto un torrente de esperanza de cambio hacia una Iglesia más sencilla, más en conexión con la vida de las personas de nuestro tiempo, más cercana a los pobres. Eso no sólo lo provoca una persona, por muy carismática o muy jesuita que sea. Son deseos que están en el corazón de la gente y que, además, no son nuevos, existen desde muy antiguo. Así los recoge al menos un escritor cristiano

a finales del siglo II al describirle

a un tal Diogneto cómo era la comunidad cristiana de entonces: “se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorian en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. Se los insulta, y ellos bendicen. Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida”.



Esta elección ha vuelto a encender los deseos de vivir de esa manera, y de hacerlo todos juntos. Ya estamos cansados de ritualismos caducos, de espiritualidades desencarnadas, de moralismos agarrados a la letra de la norma y no al corazón.

El deseo lo llevamos dentro, aunque sabemos que no es fácil romper inercias estructurales

y personales. Pero es tiempo

de hacerlo echar a andar, con el Papa Francisco a la cabeza.