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  • Diario Digital | sábado, 28 de marzo de 2020
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La incertidumbre se asoma en Guinea-Bissau

La incertidumbre se asoma en Guinea-Bissau

El hecho de que el presidente y el comandante de las Fuerzas Armadas de un país mueran en un breve intervalo de tiempo haría saltar las alarmas de los medios de comunicación, pero como este acontecimiento ha tenido lugar en Guinea-Bissau, esa noticia pronto ha desaparecido de la mayoría de los informativos.

Guinea-Bissau presenta uno de los indicadores de desarrollo humano más bajos del mundo, ocupando el puesto 175 sobre una lista de 177 países. Como señalan observadores internacionales, la pobreza es un mal endémico en el país, “más del diez por ciento de los niños mueren al nacer, la expectativa de vida ronda los cuarenta años, el analfabetismo afecta a más del sesenta por ciento de la población”.

Siendo por tanto “uno de los países más pobres”, posee ricos y extensos caladeros de pesca, importantes reservas naturales sin explotar (bauxita, fosfato, petróleo), pero la ausencia de una estructura institucional y de un estado ha impedido que el rumbo del país cambie, y tanto en la época colonial portuguesa como tras la independencia de 1974, han impedido que el desarrollo integral de Guinea-Bissau se materialice.


Con una población cercana al millón y medio de personas y un territorio de menos de 40.000 m2, la diversidad étnica es otra realidad. En el país conviven unos veintidós grupos étnicos, con sistemas sociales y políticos muy diferentes. Así, encontramos en el interior grupos con unas líneas patriarcales muy centralizadas (Fula y Mandinga), junto a otros que conforman sociedades acéfalas, sobre todo en la costa (Balanta, Manjako, Pepel).

La colonización portuguesa comenzará en 1440, pero el dominio colonial se acelerará a partir de los siglos XIX y XX. Los intereses comerciales de Portugal serán el eje de esta colonización, centrada sobre todo en las zonas costeras, para aprovechar el incipiente tráfico de esclavos de aquella época, posteriormente el interés girará en torno a la explotación agrícola, pero en todo momento los colonialistas portugueses dejaron claro que no tenían ninguna intención de crear una administración estructurada, potenciando además la división entre la población local.


La explotación económica y social serán por tanto las bases del colonialismo portugués en Guinea-Bissau. El desarrollo de mono cultivos agrícolas no benefició las producciones locales, y por otro lado, una mayoría muy elevada de la población no recibirá ningún tipo de educación.

Tras más de trescientos años de presencia colonial portuguesa dejarán tras de sí un sombrío legado: “sólo catorce graduados universitarios, la tasa de analfabetismo en torno al 97% y algo más de 400 kilómetros de carreteras. Tan sólo existía una fábrica moderna en Guinea-Bissau en 1974, que producía cerveza para las tropas portuguesas, y como último gesto antes de abandonar el país, los portugueses destruyeron los archivos nacionales”.


La lucha por la independencia fue dirigida por el Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), cuyo máximo dirigente era Amilcar Cabral, y supo conjugar una lucha anticolonial en diferentes frentes (diplomático, político y militar) que propugnaba una estrategia de liberación conjunta para Guinea y Cabo Verde. Su meticuloso trabajo entre la población local, sobre todo entre los campesinos, posibilitó iniciar la lucha armada que desde 1963 luchará por la independencia, que se materializó en 1974. Durante esos años la labor de construcción del PAIGC en las zonas liberadas posibilitó importantes mejoras en educación, sanidad y sobre todo en la participación directa de la población en importantes asuntos.

Las posteriores luchas internas dentro del partido, la desaparición de su máximo líder, hicieron que la infraestructura creada durante la guerra por la independencia fuese desapareciendo en los posteriores años a 1974.

Al lastre creado por la dominación colonial hay que sumar también el programa impulsado por el FMI y el Banco Mundial en la década de los ochenta, que bajo el pomposo nombre de “ajuste estructural”, aseguró que la distribución de los fondos del mismo estuviese en manos de las élites políticas, que aliadas con sectores económicos del país, marginaron a las capas más pobres del mismo y provocaron un claro fraccionamiento político, que desembocará además en una clara “privatización del estado”.