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  • Diario Digital | domingo, 05 de abril de 2020
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La pandemia de la 'gripe española' en las fiestas de Fitero de 1918

La pandemia de la 'gripe española' en las fiestas de Fitero de 1918

La pandemia del Covid-19 ha obligado a suspender unas fiestas de Fitero por segunda vez en 84 años (las otras fueron tras los atentados del 11-M). Ahora toca mirar atrás, situarnos en las fiestas de 1936 en honor a la Virgen de la Barda (patrona de Fitero desde 1795) y advertir un año muy hostil a nivel estatal y local.

En 1917 España había sido azotada con especial virulencia por una crisis económica que estuvo originada por el fin de los privilegios que había disfrutado nuestra industria tras la neutralidad tomada por Alfonso XIII respecto a la I Guerra Mundial (en la que no habíamos participado por el atraso económico y los diversos problemas endémicos que arrastraba el país).

1918 llegó vislumbrando el final de la contienda bélica, drama al que se le añadió la mal llamada 'gripe española' (conocida así porque la prensa estatal, menos intervenida que en el resto de Europa por la citada neutralidad, informó sobre las miles de muertes provocadas por esta enfermedad).

En aquel año Fitero inauguró la actual capilla en honor a la Virgen de la Barda que hasta aquel momento había sido del Santo Cristo de la Guía. Y aquella puesta de largo, y la decisión eclesial de no frenar la agenda religiosa estatal, no contribuyó a frenar una pandemia que despegó su horror en la primavera de 1918.

Aquel horror llegó a nuestra villa en septiembre (mes en el que la localidad vivía su exorcización colectiva tras la recolecta de la vid). Cierto es que en aquel entonces las fiestas siguieron en pie al igual que las de otras localidades navarras como Mélida o Milagro.

La 'gripe española' en Navarra

Diario de Navarra decía el 18 de septiembre de 1918 que "ha habido pueblo en el que ha caído enfermo hasta el médico, por cuyo motivo hubo de enviar uno de Pamplona". En Fitero el que cayó enfermo fue el párroco, don Antonino Fernández Mateo, que fallecía a los 54 años de edad víctima de este mal.

Este virus, que llegó a afectar al propio Alfonso XIII (que salió vivo del trance), se llevó por delante a casi el 3% de la población mundial (50 millones de personas a nivel global, 200.000 en una España de apenas 20 millones de habitantes). Y también azotó en Fitero... al entonces joven y hoy legendario Manuel García Sesma.

El propio escritor lo recordaba en 'Miscelánea Fiterana': "En Fitero, el primero que la sufrió, fue el autor de estas líneas, durante el mes de junio. Estuvo entre la vida y la muerte unas dos semanas; pero, por fin, al cabo de más de dos meses de convalecencia, logró salir con bien de aquel percance y hasta quedar, al parecer, inmunizado contra una nueva acometida de la epidemia, según se vio más tarde. Fue un caso aislado que nada tuvo que ver –así, al menos, lo creemos- con la invasión generalizada de la gripe en nuestra villa, tres meses después".

56 muertos en Fitero

Dice Sesma que "la letal epidemia prendió en Fitero, el 5 de septiembre de 1918 y se extinguió el 15 de noviembre, durando, por lo tanto, 71 días. Recordamos que fueron diez semanas de angustia y de terror, pues no sólo atacó a la gente de edad avanzada, sino que se cebó principalmente en la joven y fuerte. A consecuencia de ella, sucumbieron 56 personas; con lo que la cifra de mortalidad ascendió, ese año, a un total de 107 defunciones, contra 72 en 1917; y 50 en 1919".

Y recuerda que "en casi todas las calles hubo muertos; pero las más castigadas fueron el Cogotillo Bajo (actual Pío XII), la calle de Armas y la calle Mayor. La primera víctima fue nuestra abuela paterna, Facunda Gómara Guarás de 77 años, fallecida el 5 de septiembre; y la de más relieve, el párroco, don Antonino Fernández Mateo, quien murió el 13 de octubre. Era oriundo de Corella y sólo tenía 53 años. Su fallecimiento fue generalmente sentido, a causa de su bondad, de su celo y de su tacto".

Sesma recuerda que "al día siguiente de su muerte, es decir, el 14 de octubre, falleció asimismo su vecino y ayudante, Cristóbal Magaña Asensio, sacristán mayor de la parroquia, el cual tenía ya 72 años y vivía en la calle de la Patrona, número 1. Esta fúnebre coincidencia causó una fuerte impresión en todo el vecindario y particularmente en nuestro ánimo, pues nos honrábamos con su amistad (...) La última víctima de esta epidemia fue una niña de 14 meses, llamada Natividad Berrozpe Martínez, que vivía en los Charquillos, con sus padres".

El buen ejemplo de las Hermanas de la Caridad

Sesma recuerda que "durante este periodo, el vecindario estaba consternado y aterrado, pues, a veces, la muerte era casi fulminante, expirando los atacados, a las pocas horas de sentirse enfermos. Sin embargo, el pueblo tuvo cierto consuelo, en medio de su angustia y de su dolor".

Y añade: "Fue el de las muestras de abnegación y de solidaridad que dieron la mayoría de los vecinos, en aquellos críticos momentos; sobre todo, las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, las cuales se prestaron voluntariamente a asistir y cuidar a los atacados más necesitados, de día y de noche, sin regatear sacrificios. Ni que decir tiene que el pueblo quedó sumamente agradecido a la conducta ejemplar de estas beneméritas religiosas".

Falta de pan

El blog El espejo de la historia cuenta que "la leche, al ser considerada alimento para los enfermos, fue objeto de especulación con un incremento de precio" y que ayuntamientos como el de Fitero, que por aquel entonces contaba con más de 3.000 habitantes, disfrutaba de una industrialización envidiable y ejercía de 'cabeza de comarca comercial', decidieron incautarla.

El consistorio la repartió de forma equitativa entre los enfermos de la gripe española. Diario de Navarra explicaba el mismo año que en nuestra villa enfermaron "casi todos los panaderos, se llegó a tener falta de pan".

Tiempos convulsos

El político conservador don Antonio Maura había tomado en la primavera de 1918 los designios españoles para aliviar al estrés que sufría el sistema de la Restauración con motivo de su anacronía combinada con los aires soviéticos revolucionarios que provocaban el miedo entre clérigos y terratenientes (a esto hay que añadir la huelga revolucionaria del año anterior, las crecientes tensiones regionalistas periféricas y la creación de las involucionistas Juntas de Defensa, que interferían en la vida política española).

El otoño también fue tenebroso y el gobernador civil en Navarra, Luis M. Queipo, publicó el 28 de octubre de 1918 en el BON que "por razón de las actuales circunstancias sanitarias, sírvase V.S. prohibir la visita a todos los cementerios en los próximos días de Todos los Santos y Difuntos".

El cólera decimonónico que lastró Fitero

En el siglo XIX cuatro grandes epidemias fustigaron España. Los brotes de la cólera morbo, que destrozaron la economía española y aceleraron los cambios higiénicos entre los ciudadanos (que ya habían comenzado a darse en las grandes ciudades).

La mortandad en Fitero se disparó por el cólera morbo: de los 81 fallecidos de 1832 se pasaron a los 244 en 1834. Este hecho motivó que el vicario de la parroquia local, fray Santos Leoz, escribiese una nota exótica el Libro IV de Difuntos en aquel otoño de 1834.

García Sesma recogió el texto en 'Miscelánea Fiterana': "Aunque en el asiento de las partidas, desde el principio de agosto hasta el día de la fecha, se advierta alguna equivocación, y que están tergiversadas sus fechas, no deberá causar admiración para lo sucesivo, teniendo presente que, en estos dos meses, acometió el cólera morbo a este pueblo, y por los muchos que morían, ni se traían a la iglesia ni las gentes cuidaban de avisar ni menos el obligarse, para después pagar los entierros; por lo que fue preciso salir por el pueblo, preguntando casa por casa quién había muerto; y a pesar de esta diligencia, no será extraño el que algún difunto haya quedado sin asentarse".

Otra de las oleadas del cólera morbo volvió a afectar la tasa de mortalidad de Fitero a mediados del siglo XIX, tal y como explica García Sesma: "En Fitero hizo menos víctimas que la epidemia de 1834. En efecto, el total de defunciones de 1855 fue de 194, contra 73 del año anterior; pero sólo murieron del cólera 108: lo que no deja de ser también una cifra respetable. La primera víctima fue un niño de dos años y medio, llamado Nicasio González Ortega, que falleció el 29 de mayo; y la última, un viudo de 55, llamado Juan Fernández Domínguez, que murió el 22 de septiembre. Así, pues, la epidemia duró, esta vez, en nuestro pueblo, cuatro meses".

Con los monjes exclaustrados tras la desamortización de Mendizábal, el cura ecónomo (religioso que administra las cuentas) da cuenta del momento. Así lo dejó escrito don Joaquín Aliaga. "En este año de 1855 que fina hoy, han fallecido en esta parroquia 194 personas, según aparece de los números de las partidas. La causa de haber sido tantos los difuntos ha sido el haber sufrido en los meses, desde el 29 de mayo hasta el 1 de octubre, la epidemia del cólera morbo asiático que ha reinado en la mayor parte de los pueblos de España, causando muchísimas más víctimas que en este pueblo". En 1888 Fitero volvió a sentir otro latigazo del cólera morbo: 203 muertes, casi el triple que el año anterior.