Plaza Nueva

  • Diario Digital | viernes, 26 de febrero de 2021
  • Actualizado 10:38

Nos llega la desgarradora noticia por Whatsapp: “Menores son separados de sus madres tras llegar en patera a Canarias por decisión de la Fiscalía Provincial de Las Palmas”. En teoría por una buena causa, proteger a niños y niñas de un posible delito de trata. En realidad, sin justificación, pues con un mínimo de interés, se puede proteger a los menores,  sin necesidad de una separación dramática, especialmente tras las condiciones que se han vivido durante el viaje.  

Y comienza el baile de pensamientos: ¿Cómo es posible que esto ocurra en nuestro país? ¿Y nadie va a hacer nada por impedirlo? 

Y se entremezclan los sentimientos: tristeza, incredulidad, rabia, vergüenza… 

Tristeza, porque somos madres, y sabemos lo que duele cada hijo. Y lo que cada hijo asustado necesita de su madre.

 Incredulidad, porque en algún momento nos creímos que vivíamos en un país civilizado, donde se quieren  respetar los derechos de la infancia. 

Rabia, porque sabemos que todo ese dolor causado es injusto e innecesario. Perfectamente evitable con un pequeño cambio de protocolo, con una sencilla decisión judicial.

Vergüenza, porque descubrimos que mientras superprotegemos a nuestros hijos, abandonamos sin misericordia a los hijos de las mujeres  migrantes y pobres.

El mundo será radicalmente diferente, cuando las madres nos atrevamos a mirar a los hijos ajenos como propios, cuando empecemos a vivir entre nosotras la solidaridad.