Plaza Nueva

  • Diario Digital | domingo, 18 de abril de 2021
  • Actualizado 20:34
Una sensación extraña me acompaña ahora que estamos despidiendo a Mariano, mi Padre.

Siempre se pide -para uno mismo y para los demás-, cuando llega el momento de morir, que eso de partir sea algo rápido, para evitar el dolor de ese proceso y del duelo que lo acompaña, en uno mismo y en los que te rodean. En nuestra infinita simpleza y cortedad no somos conscientes de que es bastante peor morir poco a poco, por no Vivir o no haber sabido Vivir, en Vida y, por desgracia, el caso abunda entre nosotros. Sin embargo, decir adiós -este adiós temporalmente físico-, es fácil, si se ha Vivido porque sabemos que forma parte del ciclo natural. Es hasta necesario partir para dar sentido al estar. Pero para ser de verdad, así, hay que saber Vivir y entender la Vida. ¡Todo un reto nada fácil en estos tiempos de premios rápidos y cortos!

De este modo, una sensación extraña me acompaña ahora que estamos despidiendo a Mariano, mi Padre, -sólo es un ¡hasta luego!-, al que hoy enterramos, porque este hombrecico pequeño de gigante corazón y profundo carácter se va con todo hecho, sin prisa, como Él comía. Tranquilo y seguro, porque sabiamente sabe que el cuerpo y el espíritu se alimentan de otra manera. Y porque al dolor de su marcha le acompaña un profundo sentimiento de Paz porque ha vivido. Supo Vivir. Supo Ser y supo Estar. Y esa serenidad de saber que así ha sido, ahora que se va -sólo se aleja-, genera un halo de Paz en todos cuanto le rodeamos que anula esa partida terrenal y la simplifica y hasta justifica… ¡No necesitó más y ahí quedará para siempre entre nosotros, por ello se ha alejado rápido, pero siempre está en nuestros corazones!

No necesitó, -no necesitaba- más, por ello se nos ha querido dormir en ese justo sueño que es salir de lo cercano para quedarse en la profundidad. Ya era suficiente para Él. Ya lo había hecho todo y, sin prisa, se dejó llevar sin luchar ante la enfermedad, porque la Paz la da el Espíritu limpio y sano, no la necesidad de vencer y convencer. Y Él contaba con esa ventaja. No necesitaba más Amor porque sabía que contaba con él, a perpetuidad. Y Amar es a Vivir lo que lo que Sentir a Morir.

Aún así, decirle adiós, asumir esta partida evidente, no es fácil. Nos han educado y nos hemos convencido con eso de la “Vida Eterna”, y ahora veo -y entiendo- que la misma es profundamente innecesaria. ¡Ya lo es en sí misma sin barrocos decorados ni interesadas ni maniqueas componendas!

¡Adiós Papá! ¡Hola! Estás con nosotros mientras vivimos, como tú supiste hacer, luchando, sencillo pero firme, siempre en silencio. ¡Parcas las palabras, fuerte el sentimiento!

Para que haya Luz es necesaria la Oscuridad y para que haya Vida es necesaria la Muerte, como ese Yin y Yang del Taoísmo, en el que el principio generador de todas las cosas, del cual surgen, es esta contradicción permanente en la que nos encontramos sumidos, y que nos cuesta aprender y sólo a golpes del martillo de la Vida descubrimos: con Estar ya es suficiente para Ser. ¡Para Estar sólo es necesario Ser, en todo!

¡Descansa en Paz! Requiesce in pace! Goian bego! Repose en Paix!

Entretanto, Carpe Diem! a todos…
¡Esta pesada carga que es “La Insoportable Levedad del Ser”, es tan llevadera como entender que sólo vale cada momento! ¡Y hay que saber estar a su altura a cada instante!