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  • Diario Digital | martes, 07 de julio de 2020
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El Mediterráneo asesinado

El Mediterráneo asesinado

El mar Mediterráneo sufre desde hace años alteraciones derivadas de actividades humanas como la contaminación y la destrucción del ecosistema, alteraciones que están teniendo efectos devastadores sobre su flora y su fauna. Este singular ecosistema marino conforma el mar interior más grande del mundo; sus más de dos millones de kilómetros cuadrados de superficie son el hogar de aproximadamente 17 mil especies de seres vivos. Precisamente por su condición de mar cerrado con solo una salida al Océano Atlántico por el Estrecho de Gibraltar, se trata de un medio particularmente sensible a las perturbaciones.

Se calcula que cada año se vierten en sus aguas más de medio millón de toneladas de petróleo, residuos y sustancias de diferente grado de toxicidad procedentes de los buques y barcos que navegan por sus aguas; de las industrias químicas situadas a lo largo de sus costas; de la agricultura, especialmente plaguicidas; de las explotaciones ganaderas, sobre todo sustancias orgánicas tóxicas que son arrastradas por los vientos y cursos fluviales; de la actividad urbana, como detergentes y aguas residuales; la mayor parte de las aguas de alcantarillado de ciudades y pueblos llega al mar sin ser sometida a un tratamiento de depuración. En ocasiones, para evitar la desagradable visión de agua sucia en las playas, se ha hecho uso de los emisarios submarinos: largas tuberías que transportan las aguas fecales mar adentro, llevando la contaminación más allá del rompiente y causando un enorme perjuicio en las poblaciones de esa zona.

Una de las últimas ocurrencias de la Administración ha sido la de verter sal en algunas playas, lo que ha tenido como efecto que el agua quede transparente como la de una piscina y que aparezcan muertos todos los peces que habitan en la orilla de la playa. El impacto de la contaminación en la fauna marina es muy grave debido a que hay sustancias que provocan daños en los animales tales como la depresión del sistema inmunitario, desequilibrios en el comportamiento sexual o incluso la esterilidad. Son los llamados disruptores endocrinos, cuyo nombre se debe a que causan alteraciones en el sistema hormonal. En el mar los contaminantes se dispersan y sus consecuencias sobre los organismos marinos no son inmediatas sino que la vegetación y la fauna mueren poco a poco, a lo largo del tiempo, debido al efecto acumulativo de estos productos.

Por otra parte, del total de las muestras de basura analizadas en aguas del Mediterráneo, el 96% son plásticos. Los sedales y redes de pesca abandonadas, al igual que los anillos y envoltorios de los paquetes de latas enredan y apresan a los animales causándoles graves lesiones, incluso la muerte. En general, todos los aparejos abandonados o descartados en el mar causan daños a la fauna, atrapando y matando peces y otros animales marinos, fenómeno conocido como “pesca fantasma. ”Tradicionalmente, la gestión pesquera ha ignorado los fatídicos efectos de sus prácticas sobre los ecosistemas marinos. Técnicas como el arrastre arrasan los fondos, destruyendo el frágil ecosistema integrado por corales y anémonas; es, además, una de las causas de regresión de las praderas submarinas del alga Posidonia oceanica, hábitat de muchos animales y que protegen la integridad de las playas creando una barrera que evita el arrastre de la arena mar adentro a consecuencia de las mareas.

El cambio climático debido a la acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero está provocando importantes perturbaciones en el medio marino, particularmente, la acidificación y el aumento de la temperatura del agua. Estas alteraciones de las condiciones medioambientales llevan asociado un amplio espectro de desequilibrios a nivel biológico en las especies marinas. Hasta el momento, la acidificación no parece haber tenido un grave impacto; sin embargo, el aumento de la temperatura ya ha provocado episodios de mortandad masiva de invertebrados como corales o moluscos bivalvos en los últimos quince años; episodios que, además, se prolongan en el tiempo; esto significa que los organismos siguen muriendo en años posteriores aunque las temperaturas sean más suaves, multiplicando su efecto devastador.

En definitiva, todo un cúmulo de despropósitos cometidos por una industria que solo ve en el medio ambiente una tienda gratis sin preocuparse en absoluto por las nefastas consecuencias de su actividad; unas Administraciones públicas que hacen dejadez absoluta de sus obligaciones en cuanto a la protección y conservación del medio marino, sin olvidar la responsabilidad individual tanto en no tirar desechos en cualquier parte como en protestar ante los responsables de la gestión medioambiental por su mal hacer; pero que en último término son consecuencia de la falta de empatía y del egoísmo que supone despreciar los derechos ajenos.

Los animales marinos, a excepción de los cetáceos, no suelen despertar la misma simpatía que otras especies que nos resultan más cercanas como primates, perros o gatos. Tradicionalmente se ha pensado que los peces eran individuos carentes de inteligencia y con una capacidad para sentir, quizá existente, pero alejada de la nuestra. Numerosas investigaciones revelan lo equivocado de semejante creencia: según el doctor Donald Brown, de la Universidad de Cambridge: “La literatura científica es bastante clara: anatómicamente, fisiológicamente y biológicamente, el sistema de dolor en los peces es prácticamente el mismo que en aves y mamíferos...”.

Los peces pueden aprender muy rápido, poseen memoria a largo plazo y un agudo sentido del tiempo. También pueden reconocer a otros individuos, cuidar de su descendencia y trabajar en cooperación con otras especies. En general se ignora lo injusto que supone utilizarlos ¿A quién le importa la existencia de una humilde sardina? Solo a quienes pensamos que no tenemos derecho a disponer de los individuos de otras especies sin la menor consideración por sus vidas. Cada individuo tiene su razón de ser que no es de nuestra competencia, no son objetos sometidos a nuestras extravagancias. Si seguimos con esta mentalidad antropocéntrica no somos diferentes de quienes arrasan los montes o deforestan la selva amazónica (que tantos lloros desata en las redes sociales). Debemos respetar a los demás animales como individuos que tienen el mismo interés por vivir que un ser humano. No hay ninguna razón para seguir usándolos y todas para dejar de hacerlo.

Rosa Mas
Bióloga de Nova Eucària y activista por los derechos animales